CAPITULO 2: ADENTRO DE LA ALAMBRADA
“Yo quiero salir del mundo por la puerta natural: en un carro de hojas verdes a morir me han de llevar.No me pongan en lo oscuro a morir como un traidor:yo soy bueno y como bueno moriré de cara al sol”.
“La Guantanamera”; Julián Orbón, de un poema de José Marti
Los Indios de Guantánamo no han tenido a lo largo de su historia demasiada suerte. Desorganizados, con pocas figuras, exceso de fracasos y contadísimos momentos de lucimiento a lo largo de la historia, se los define habitualmente como “un equipo con pocos resultados en Series Nacionales, pues muy pocas veces se ha situado entre los primeros conjuntos del país. Como muchos equipos del Béisbol cubano, realizan su primera incursión en clásicos nacionales cubanos en la temporada 1977-78, contando con un equipo de pocas figuras, lo que justificó sus pobres desempeños.” (14). En las temporadas 1997-98 y 1998-99 levantaron enormemente, llegando a la ronda de los Play-Offs, donde finalizaron séptimos en la XXXVII Serie, y cuartos en la XXXVIII, siendo esta última su mejor posición histórica. Sin embargo, tras esas actuaciones sobresalientes, “fueron al sótano en la siguiente serie, quedando fuera de la post-temporada también en las contiendas que le sucedieron, algo poco esperado por los especialistas, pues en la actualidad tienen un equipo capaz de llegar a un Playoff”(15). Con su sede en el estadio Nguyen Van Troi, ubicado en la capital guantanamera, a lo largo de los años los Indios de Guantánamo han resaltado con el equipo, figuras como el primera base Agustín Lescaille, el jardinero Oscar Rodríguez, y los lanzadores Osvaldo Duvergel, Alfonso Ilivanes y Giorgi Díaz, además del segunda base de los equipos orientales Andrés Telemaco.
Alambrada electrificada y algunos kilómetros de tierra de por medio, mucha más suerte tiene otro equipo guantanamero conocido como “Las focas de Guantánamo” o “The Gitmo Seals”, compuesto principalmente por los soldados de la fuerza especial de asalto de la marina de los EE.UU, los Navy Seals (o “focas de la Armada”).
“Yo quiero salir del mundo por la puerta natural: en un carro de hojas verdes a morir me han de llevar.No me pongan en lo oscuro a morir como un traidor:yo soy bueno y como bueno moriré de cara al sol”.
“La Guantanamera”; Julián Orbón, de un poema de José Marti
Los Indios de Guantánamo no han tenido a lo largo de su historia demasiada suerte. Desorganizados, con pocas figuras, exceso de fracasos y contadísimos momentos de lucimiento a lo largo de la historia, se los define habitualmente como “un equipo con pocos resultados en Series Nacionales, pues muy pocas veces se ha situado entre los primeros conjuntos del país. Como muchos equipos del Béisbol cubano, realizan su primera incursión en clásicos nacionales cubanos en la temporada 1977-78, contando con un equipo de pocas figuras, lo que justificó sus pobres desempeños.” (14). En las temporadas 1997-98 y 1998-99 levantaron enormemente, llegando a la ronda de los Play-Offs, donde finalizaron séptimos en la XXXVII Serie, y cuartos en la XXXVIII, siendo esta última su mejor posición histórica. Sin embargo, tras esas actuaciones sobresalientes, “fueron al sótano en la siguiente serie, quedando fuera de la post-temporada también en las contiendas que le sucedieron, algo poco esperado por los especialistas, pues en la actualidad tienen un equipo capaz de llegar a un Playoff”(15). Con su sede en el estadio Nguyen Van Troi, ubicado en la capital guantanamera, a lo largo de los años los Indios de Guantánamo han resaltado con el equipo, figuras como el primera base Agustín Lescaille, el jardinero Oscar Rodríguez, y los lanzadores Osvaldo Duvergel, Alfonso Ilivanes y Giorgi Díaz, además del segunda base de los equipos orientales Andrés Telemaco.
Alambrada electrificada y algunos kilómetros de tierra de por medio, mucha más suerte tiene otro equipo guantanamero conocido como “Las focas de Guantánamo” o “The Gitmo Seals”, compuesto principalmente por los soldados de la fuerza especial de asalto de la marina de los EE.UU, los Navy Seals (o “focas de la Armada”).
Según el Guantánamo Gazette, los Gitmo Seals, han ganado los últimos 14 campeonatos de Baseball organizados por la comandancia general de la base. (16).
No sorprende que los SEAL venzan con relativa facilidad a sus equipos militares adversarios, formados por marineros, infantes de marina o soldados especialistas. Los Navy SEALs reciben en Guantánamo un entrenamiento físico superior en destrezas y exigencias, que incluye jornadas de 14 horas continuas de caminata bajo la lluvia o el sol, largas horas de natación en aguas heladas, carreras en el barro con todo su equipo luego de haber permanecido 48 horas despierto y otra serie de ejercitaciones que aterrarían a un común mortal pero que ellos acompañan con una sonrisa en el rostro y un estimulante “Todavía no me ha exigido Ud. suficiente Sr.! “, respuesta de rigor cuando un Drill Sergeant (Sargento Instructor) les pregunta eufemísticamente como se sienten. Pasadas esas horas de “physical training”, los SEAL pasaran al cuarto de armas, donde aprenderán a matar un enemigo con sus fusiles de asalto Galil y Sakko, sus pistolas 9mm Beretta, la pistola subcompacta Glock 4.0 S&W y con las culatas de todas ellas. Posiblemente luego reciban una clase de instrucción en estrategia (los oficiales), en tácticas de asalto, y terminen el día con una sesión de R2I (Resistance to Interrogation, o Resistencia al Interrogatorio).
Pero, además de su entrenamiento físico, armamentístico y militar, los SEALs reciben una instrucción de tipo neurolingüístico: sus instructores, en este caso “civilian contractors” (o Contratistas Civiles, forma en la que se denomina ahora a los mercenarios) contratados por el Pentágono y el Departamento de Defensa de los EE.UU. (DOD) les enseñan a repetir frases como la que en los últimamente han hecho de uso estándar sus manuales: “Miren, somos humanos. Cometemos errores. Corregimos esos errores. Y seguimos adelante. Nada nos distraerá de nuestra misión de derrotar al terrorismo y de mantener seguro a nuestro país” (17).
Sin embargo, no son específicamente los Navy Seals quienes reciben esas “injustas” críticas (www.nypost.com) por su labor junto a los prisioneros detenidos en Guantánamo. Ni siquiera lo son la gran mayoría de los hombres de la Armada de los EE.UU. y sus familias que viven en la base.
Es que sólo un selecto grupo de hombres y mujeres del US ARMY, integrantes de la llamada “Joint Task Force Guantánamo” (JTFGTMO) o “Fuerza de Tareas Conjunta Guantánamo” tienen contacto con los detenidos que, de varios lugares del mundo, comenzaron a llegar a la base luego del comienzo de las operaciones militares dentro del marco de la guerra contra el terrorismo.
La historia de la base.
La bahía de Guantánamo fue visitada por el mundo occidental recién a principios del S. XVI, cuando los galeones españoles comenzaron a fondear en sus aguas calmas para pertrecharse de municiones, agua y carne salada para luego emprender el viaje de vuelta a España. Desde ese momento, la bahía se transformó en un enclave de vital importancia para la batalla comercial y política llevada a cabo entre España y el Reino Unido en el Caribe. Provista del agua potable del río Guantánamo, con aguas profundas que permitían el fondeo de galeones, carabelas y barcos cargueros. Ubicada en una posición estratégica cerca del continente pero a corta distancia de la Florida, Haití, Dominicana, Bermudas, Puerto Rico y de México, Guantánamo proveía muchos de los materiales que la Armada Real necesitaba para hacer frente al azote de los piratas y corsarios británicos.
Es que sólo un selecto grupo de hombres y mujeres del US ARMY, integrantes de la llamada “Joint Task Force Guantánamo” (JTFGTMO) o “Fuerza de Tareas Conjunta Guantánamo” tienen contacto con los detenidos que, de varios lugares del mundo, comenzaron a llegar a la base luego del comienzo de las operaciones militares dentro del marco de la guerra contra el terrorismo.
La historia de la base.
La bahía de Guantánamo fue visitada por el mundo occidental recién a principios del S. XVI, cuando los galeones españoles comenzaron a fondear en sus aguas calmas para pertrecharse de municiones, agua y carne salada para luego emprender el viaje de vuelta a España. Desde ese momento, la bahía se transformó en un enclave de vital importancia para la batalla comercial y política llevada a cabo entre España y el Reino Unido en el Caribe. Provista del agua potable del río Guantánamo, con aguas profundas que permitían el fondeo de galeones, carabelas y barcos cargueros. Ubicada en una posición estratégica cerca del continente pero a corta distancia de la Florida, Haití, Dominicana, Bermudas, Puerto Rico y de México, Guantánamo proveía muchos de los materiales que la Armada Real necesitaba para hacer frente al azote de los piratas y corsarios británicos.
Así fue que, en 1741, en plena guerra entre España y el Reino Unido, un contingente de tropas Británicas ocupó, durante cuatro meses el enclave. Reclamadas nuevamente por España, la bahía volvió a ser ocupada por tropas extranjeras el 10 de junio de 1898, esta vez por infantes de marina de los EE.UU., durante la guerra de ese país con España.
Una vez lograda su independencia, la Republica de Cuba incorporó la zona a su territorio soberano, hasta que en 1903, el Presidente Theodore Roosevelt firma un tratado con ese país para tomar el arrendamiento (“leasing” en el documento original) de 45 millas de agua y tierra para ser usadas como una estación carbonera para las naves de los EE.UU. El arrendamiento se pacta en 2.000 monedas de oro, actualmente unos U$S 4.085, los cuales el gobierno de los Estados Unidos continúa enviando mediante un cheque al gobierno de La Habana, el cual dejó de cobrarlos a partir de enero de 1959. En 1934 se firma un nuevo acuerdo, según el cual el arrendamiento puede continuar en forma indefinida hasta que la base sea abandonada o que ambas partes se pongan de acuerdo en terminarlo. El 1º de enero de 1959 la base recibe a cientos de estadounidenses atrapados en la toma de La Habana por las fuerzas de Fidel Castro, y Washington prohíbe a sus connacionales pisar nuevamente el “territorio de Cuba.
El 4 de enero de 1961, los EE.UU. y Cuba cortan sus relaciones diplomáticas y el Presidente Dwight Eisenhower declara que esto “no tiene ningún efecto” en el estatus de la base. Patrullas de la Brigada Fronteriza cubanas comienzan a patrullar 24 horas al día los casi 35 Km. de alambrada de la base y Washington encarga esa tarea del lado estadounidense a los Marines. Durante la fallida invasión de la Bahía de Cochinos, la base se mantiene en alerta máxima, pero alejada por completo de la acción. No brinda ningún tipo de apoyo a los asaltantes ni entra en combate con los defensores cubanos.
El 21 y 22 de Octubre del 1962, las familias de los oficiales y sub-oficiales apostados en la isla son evacuadas ante la inminencia de un conflicto entre los EE.UU. y la Unión Soviética. Finalmente las familias regresan para la navidad de ese año, pero sólo para tener unos meses de tranquilidad.
El 21 y 22 de Octubre del 1962, las familias de los oficiales y sub-oficiales apostados en la isla son evacuadas ante la inminencia de un conflicto entre los EE.UU. y la Unión Soviética. Finalmente las familias regresan para la navidad de ese año, pero sólo para tener unos meses de tranquilidad.
Catorce meses más tarde, un grupo de pesqueros cubanos es multado por los EE.UU. por pescar en aguas de la Florida, y como retaliación el gobierno de Fidel Castro corta el agua y los suministros a la base. Desde ese momento, la base cuenta con su propia planta de desalinización y su propia central eléctrica, que producen casi 12.580.000 litros de agua por día y 800.000 Kw. de electricidad por hora.
En 1991, cerca de 34.000 refugiados de Haití entran a Guantánamo, luego de un golpe de estado en su país. Cerca de 12.000 cubanos buscan refugio en la base en mayo de 1994, con muchos de los refugiados haitianos aun en ella.
El gobierno de Clinton da comienzo a la Operación Señal Marítima (Operation Sea Signal) comienza y como parte de ella, se establece una fuerza de tareas (Joint Task Force 160) para ocuparse del flujo de refugiados, que se espera sume unos 60.000 emigrantes para fin de 1995. Las familias de los soldados de los EE.UU. son evacuadas a la Florida. Finalmente los refugiados haitianos son devueltos a su país en noviembre de 1995 mediante un acuerdo con el gobierno de Port-au-Prince y los refugiados cubanos son admitidos en los EE.UU. entre 1996 y 1997.
La base recibe la Recomendación Especial de la Armada y el Premio al Merito Conjunto por su esfuerzo. Guantánamo deja de ser un oscuro paraje, importante por su simbolismo de ser la “única base americana [sic] en territorio comunista” (18) y por su interés como base para la lucha antidrogas para sumarse al “abanico de opciones” que los EE.UU. tienen en su capacidad de esfuerzo de guerra.
La base recibe la Recomendación Especial de la Armada y el Premio al Merito Conjunto por su esfuerzo. Guantánamo deja de ser un oscuro paraje, importante por su simbolismo de ser la “única base americana [sic] en territorio comunista” (18) y por su interés como base para la lucha antidrogas para sumarse al “abanico de opciones” que los EE.UU. tienen en su capacidad de esfuerzo de guerra.
La exitosa experiencia de utilizar la base como ubicación temporaria para refugiados o detenidos se transforma antecedente ampliamente estudiado por las fuerzas armadas y el gobierno de los EE.UU. y en abril de 1999 la administración Clinton pone en marcha un plan para refugiar a miles de personas evacuadas de la zona de Kosovo en la base. El plan no se lleva a cabo, pero las instalaciones construidas a sus efectos y los preparativos logísticos permanecen en estado latente, a la espera de ser utilizados.
Tres años más tarde, el 11 de enero de 2002, un avión de transporte BC-52 de la fuerza aérea de los EE.UU. toca la pista de la base, transportando 20 prisioneros capturados en Afganistán, dando comienzo a la fase de detención de la
Tres años más tarde, el 11 de enero de 2002, un avión de transporte BC-52 de la fuerza aérea de los EE.UU. toca la pista de la base, transportando 20 prisioneros capturados en Afganistán, dando comienzo a la fase de detención de la
Operación Libertad Duradera.
Los campos de concentración y sus efectos en el individuo.
En el verano de 1945 el Dr. Viktor Frankl -prisionero número 119.104- fue liberado del campo de prisioneros de Auschwitz-Birkenau por soldados del ejército ruso. Durante sus casi 30 meses de cautiverio, el Dr. Frankl se dedicó a estudiar y a reseñar los efectos del campo en los prisioneros. Frankl no hizo esto por entretenimiento o por interés profesional: fue su tabla de salvación para sobrevivir los horrores de Auschwitz-Birkenau. Sus hallazgos tienen el doble mérito de haber servido como herramienta de salvación personal y como herramienta de estudio para la salvación de otros. Su obra El hombre en busca de sentido (19) es, desde hace años libro de estudio obligado para quienes desean comprender los daños que produce en el ser humano el cautiverio y especialmente el cautiverio en condiciones deplorables.
Frankl divide las reacciones del prisionero en el campo en tres fases consecutivas, que tienen que ver con las tres etapas del cautiverio, siempre que este no termine en suicidio, homicidio o insanidad mental completa.
La primera fase corresponde al ‘internamiento’: la característica principal de esta es el ‘shock’. En el desconcierto inicial, el prisionero trata de aferrarse a cualquier indicio de vida que le parezca normal y manifiesta lo que Frankl denomina “La ilusión del indulto”, es decir, la ilusión de que el condenado en cualquier momento será indultado, devuelto a su casa y a su vida normal. Seguida a este desconcierto inicial, el prisionero caía en una segunda etapa de esta primera fase: lo invadía una profunda y absoluta curiosidad. Posiblemente como forma de adaptarse a aquel cruel cautiverio el detenido intentaba procurarse respuestas para todo lo que veía: que era esto, para que servía aquello, dónde estaba aquel, que había pasado con aquellos otros.
La segunda fase, la de la ‘vida en el campo’ llegaba a los pocos días, una fase de apatía relativa en la que llegaba a lo que el autor describe como una especie de muerte emocional, a veces “tan aguda que simplemente se consumía de nostalgia. Seguía después toda la repugnancia que le producía toda la fealdad que le rodeaba, incluso en las formas externas más simples.”
A partir de la aparición de esta fase, el prisionero sufría un atontamiento y una desensibilización completa de sus sentidos y emociones. Escenas de dolor ajeno, de tortura, de cinismo no lo conmovían, al punto que al presenciar las escenas más crudas “no apartaba la vista. (…) Asco, piedad y horror eran emociones que nuestro espectador no podía sentir ya. Los que sufrían, los enfermos, los agonizantes y los muertos eran cosas tan comunes para él tras unas semanas en el campo que no le conmovían en absoluto.”
Según Frankl, el sufrimiento mental provocaba esta apatía de los sentidos y las emociones y esta provocaba a su vez un profundo daño psicológico: al embotamiento de los sentidos. “La apatía, el adormecimiento de las emociones y el sentimiento de que a uno no le importaría ya nunca nada”. “En tales momentos”, indica Frankl, “no es ya el dolor físico lo que más nos hiere; es la agonía mental causada por la injusticia, por lo irracional de todo aquello”.
Es en esta segunda fase que Frankl explica también parte de la psicología del guardia del campamento. Según el autor, la pregunta esencial que debe formularse en este caso es:
“¿Cómo es posible que hombres de carne y hueso como los demás pudieran tratar a sus semejantes en la forma en la que aseguran los prisioneros que fueron tratados?”
Frankl explica que para la selección de los guardias del campo se hacían dos selecciones: la primera en sentido positivo: se elegía a los individuos más sádicos del grupo. Luego, en sentido negativo, se elegía a los individuos más egoístas y brutales, y por supuesto los más ignorantes.
El campo influía mucho en la conducta de los guardias:
“…los sentimientos de muchos de los guardias se hallaban embotados por todos aquellos años en que, a ritmo siempre creciente, habían sido testigos de los brutales métodos del campo. Los que estaban endurecidos moral y mentalmente rehusaban al menos, en tomar parte en las acciones sádicas que ocurrían, pero no impedían que otros las llevaran a cabo”.
La tercera fase ocurre cuando el prisionero es liberado. Frankl explica:
“Desde el punto de vista psicológico, lo que les sucedía a los prisioneros liberados podía denominarse como <>. Todo parecía irreal, improbable, un sueño. No podíamos creer que fuera verdad. (…) Tantas veces habíamos soñado con ese momento, y ahora que había llegado, ¿podíamos de verdad creer en el?”
Algunos de los liberados sentían el profundo deseo de desahogarse mediante conductas licenciosas o violentas. Aducían, dice Frankl que con todo lo que se les había quitado, nada se les podía impedir. Otros dos sentimientos acudían a acosar al liberado: la amargura, producto de no encontrar en su entorno comprensión suficiente para su sufrimiento; y la desilusión de volver a su propia vida y no encontrar ya a sus seres amados.
No siempre el fenómeno de la liberación se da en los casos de detenciones forzadas. En el caso de la Shoah -genocidio- de la que fue parte el Dr. Frankl se estima que unos 10 millones de personas de diferentes grupos étnicos y religiosos perdieron la vida en campos como Auschwitz-Birkenau, Bergen-Belsen, Treblinka y varios más.
Es difícil -y riesgoso- comparar el sufrimiento del régimen de detención Nazi con cualquier otro. Pero por sus características, este régimen ha sido colocado como emblema y paradigma de racismo, maldad, odio, crueldad y cinismo.
Lo trágico en el caso de Guantánamo y el resto de los centros de detención de la guerra contra el terrorismo es que una nación democrática, liberal, cuna del régimen democrático y republicano, campeona de la creación de las diversas declaraciones y convenciones de derechos humanos en el mundo, pueda ser comparada siquiera por un instante, por una similitud o un paralelismo histórico, con el régimen nazi y sus conductas. Algo muy grave ocurre cuando una nación de las características democráticas de los EE.UU. transita un camino que puede ser comparado con uno de los regímenes más atroces de la historia de la humanidad.
Recordar el horror vivido sin resentimientos inútiles y dándole un nuevo sentido en defensa de la vida es el mérito de Frankl. Sin embargo, sus lecciones fueron también aprendidas e interpretadas por un grupo de sucesores de su profesión, que decidieron utilizarlas para aumentar el sufrimiento de los detenidos en campos de internamiento y para manipular su sufrimiento para poder obtener de ellos determinado comportamiento y cooperación.
Una receta para la tortura
El 24 de Junio de 2005, un artículo del New York Times firmado por Neil Lewis (20) denunció los maltratos y abusos cometidos con la colaboración de médicos, psiquiatras y psicólogos en el campo de detención de Guantánamo Bay. Los profesionales médicos, trabajaban en equipos conocidos como “Biscuit Teams” –Equipos Galleta- apodo derivado de las siglas en inglés de su nombre oficial “Behavioral Science Consultation Teams (BSCT)” -Equipos de Consulta sobre Ciencias del Comportamiento-.
Compuestos por un médico, un psiquiatra y un psicólogo, el objetivo del equipo es conocer mejor al individuo en cuestión y ayudar a “quebrarlo” internamente. Explotar sus miedos, jugar con sus temores y angustias y crear un entorno estresante y angustiante eran sólo algunas de las cosas que los profesionales médicos pueden hacer para “ablandar” a los detenidos.
Según un artículo del New England Journal of Medicine (21) publicado el mismo mes, los interrogatorios de los detenidos fueron explícitamente diseñados para causarles “dolor, estrés, angustia y molestias”. El objetivo era hacer a los detenidos más permeables a las demandas de los interrogadores de cooperar con ellos para mejorar sus condiciones de vida en la prisión.
Los galenos no se remitían simplemente a “observar los interrogatorios tras un vidrio”, según indicó al New York Times un oficial de inteligencia hablando anónimamente. Muchas veces, los mismos médicos examinaban una y otra vez las historias clínicas de los detenidos para ver qué elementos podían utilizar a su favor: desde explotar los miedos de un detenido a la oscuridad, pasando por la tristeza de otro por la suerte que estaría corriendo su madre hasta negarle medicamentos esenciales para su riñón dañado a otro más.
Finalmente, la Asociación de Psicología Americana publicó una resolución donde advertía a sus miembros acerca de no participar en acciones de ética dudosa o que pudieran ser similares en parte o en todo a la tortura. (22)
Burton J. Lee, médico militar, ex médico personal del ex Presidente George Bush padre y miembro del Directorio de la asociación de derechos humanos Médicos por los Derechos Humanos escribió en The Washington Post:
“Pareciera que hoy nuestro país y nuestros militares han caído en “El Corazón de las Tinieblas” de J. Conrad. La catarata de abusos y maltratos ocurridos en lugares como Guantánamo y Abu Ghraib desafían la noción de que estos son casos aislados cometidos por algunos suboficiales descarriados. En lo que respecta a la tortura, la disciplina y liderazgo militares se han visto profundamente descarriados por un liderazgo civil errante” “La ética militar que yo conozco prohíbe por completo cualquier cosa que se parezca a la tortura y hay muchas razones para que esto sea así. Los prisioneros deben ser tratados de la misma forma en la que esperamos que sean tratados nuestros prisioneros en manos de los detenidos. La disciplina en los rangos militares depende mucho de que se cumpla la prohibición de la tortura. (…) y más que nada, los líderes militares han estado hace mucho tiempo al tanto de que la tortura inflinge un daño profundo y extendido tanto a la víctima como al torturador. La aplicación sistemática de torturas genera todo tipo de odios y hostilidad que trasciende generaciones. (…)” (23)
En efecto, quienes han sufrido algún tipo de torturas a manos de captores militares, las recuerdan permanentemente y no suelen olvidarlas con facilidad.
“A mi me torturaron muchas veces a conciencia y puedo decirlo” explicó a quien esto escribe Roberto Montoya, periodista y autor del libro “El Imperio Global” (Ed. El Ateneo, 2003). No es sin embargo, tan fácil encontrar personas con la valentía, el coraje y la voluntad de abrirse a contar sus experiencias tan expresamente.
Aquellos que han salido del infierno de Guantánamo han debido firmar declaraciones juradas con expresas instrucciones de no develar ningún detalle de lo acontecido durante sus detenciones. Una de las cláusulas específicamente otorga al gobierno de los EE.UU. el derecho a detener a la persona en cuestión, solicitar su extradición y juzgarla por violar el secreto bajo el que opera la detención.
A este respecto, es importante destacar que tanto la firma de documentos como la confesión bajo presión, coacción o tortura está prohibida por casi todas las legislaciones del mundo, así como por diversos tratados internacionales.
Al respecto, señala el Dr. Luis Peral, investigador de la Fundación para las Relaciones Internacionales y el Diálogo Exterior (FRIDE):
La prohibición de la tortura, que tiene carácter absoluto en el orden internacional, y es por tanto norma vigente en todos los Estados y no puede ser suspendida en ningún lugar y bajo ninguna circunstancia, obedece a dos razones elementales. Desde el punto de vista de su fundamento abstracto, la tortura está prohibida como garantía primaria del respeto a la dignidad humana. La dignidad humana es la esencia que compartimos como seres humanos, la irrenunciable condición que une a quienes pertenecemos a esta especie, aquello que indefectiblemente queda de nosotros cuando nos despojamos de cargos, honores y ornamentos. La dignidad humana es lo que en el fondo nos hace iguales por encima de cualesquiera diferencias, y por eso basta que una sola persona sufra tortura en cualquier lugar del mundo para que la dignidad humana sea universalmente ultrajada.
Los campos de concentración y sus efectos en el individuo.
En el verano de 1945 el Dr. Viktor Frankl -prisionero número 119.104- fue liberado del campo de prisioneros de Auschwitz-Birkenau por soldados del ejército ruso. Durante sus casi 30 meses de cautiverio, el Dr. Frankl se dedicó a estudiar y a reseñar los efectos del campo en los prisioneros. Frankl no hizo esto por entretenimiento o por interés profesional: fue su tabla de salvación para sobrevivir los horrores de Auschwitz-Birkenau. Sus hallazgos tienen el doble mérito de haber servido como herramienta de salvación personal y como herramienta de estudio para la salvación de otros. Su obra El hombre en busca de sentido (19) es, desde hace años libro de estudio obligado para quienes desean comprender los daños que produce en el ser humano el cautiverio y especialmente el cautiverio en condiciones deplorables.
Frankl divide las reacciones del prisionero en el campo en tres fases consecutivas, que tienen que ver con las tres etapas del cautiverio, siempre que este no termine en suicidio, homicidio o insanidad mental completa.
La primera fase corresponde al ‘internamiento’: la característica principal de esta es el ‘shock’. En el desconcierto inicial, el prisionero trata de aferrarse a cualquier indicio de vida que le parezca normal y manifiesta lo que Frankl denomina “La ilusión del indulto”, es decir, la ilusión de que el condenado en cualquier momento será indultado, devuelto a su casa y a su vida normal. Seguida a este desconcierto inicial, el prisionero caía en una segunda etapa de esta primera fase: lo invadía una profunda y absoluta curiosidad. Posiblemente como forma de adaptarse a aquel cruel cautiverio el detenido intentaba procurarse respuestas para todo lo que veía: que era esto, para que servía aquello, dónde estaba aquel, que había pasado con aquellos otros.
La segunda fase, la de la ‘vida en el campo’ llegaba a los pocos días, una fase de apatía relativa en la que llegaba a lo que el autor describe como una especie de muerte emocional, a veces “tan aguda que simplemente se consumía de nostalgia. Seguía después toda la repugnancia que le producía toda la fealdad que le rodeaba, incluso en las formas externas más simples.”
A partir de la aparición de esta fase, el prisionero sufría un atontamiento y una desensibilización completa de sus sentidos y emociones. Escenas de dolor ajeno, de tortura, de cinismo no lo conmovían, al punto que al presenciar las escenas más crudas “no apartaba la vista. (…) Asco, piedad y horror eran emociones que nuestro espectador no podía sentir ya. Los que sufrían, los enfermos, los agonizantes y los muertos eran cosas tan comunes para él tras unas semanas en el campo que no le conmovían en absoluto.”
Según Frankl, el sufrimiento mental provocaba esta apatía de los sentidos y las emociones y esta provocaba a su vez un profundo daño psicológico: al embotamiento de los sentidos. “La apatía, el adormecimiento de las emociones y el sentimiento de que a uno no le importaría ya nunca nada”. “En tales momentos”, indica Frankl, “no es ya el dolor físico lo que más nos hiere; es la agonía mental causada por la injusticia, por lo irracional de todo aquello”.
Es en esta segunda fase que Frankl explica también parte de la psicología del guardia del campamento. Según el autor, la pregunta esencial que debe formularse en este caso es:
“¿Cómo es posible que hombres de carne y hueso como los demás pudieran tratar a sus semejantes en la forma en la que aseguran los prisioneros que fueron tratados?”
Frankl explica que para la selección de los guardias del campo se hacían dos selecciones: la primera en sentido positivo: se elegía a los individuos más sádicos del grupo. Luego, en sentido negativo, se elegía a los individuos más egoístas y brutales, y por supuesto los más ignorantes.
El campo influía mucho en la conducta de los guardias:
“…los sentimientos de muchos de los guardias se hallaban embotados por todos aquellos años en que, a ritmo siempre creciente, habían sido testigos de los brutales métodos del campo. Los que estaban endurecidos moral y mentalmente rehusaban al menos, en tomar parte en las acciones sádicas que ocurrían, pero no impedían que otros las llevaran a cabo”.
La tercera fase ocurre cuando el prisionero es liberado. Frankl explica:
“Desde el punto de vista psicológico, lo que les sucedía a los prisioneros liberados podía denominarse como <
Algunos de los liberados sentían el profundo deseo de desahogarse mediante conductas licenciosas o violentas. Aducían, dice Frankl que con todo lo que se les había quitado, nada se les podía impedir. Otros dos sentimientos acudían a acosar al liberado: la amargura, producto de no encontrar en su entorno comprensión suficiente para su sufrimiento; y la desilusión de volver a su propia vida y no encontrar ya a sus seres amados.
No siempre el fenómeno de la liberación se da en los casos de detenciones forzadas. En el caso de la Shoah -genocidio- de la que fue parte el Dr. Frankl se estima que unos 10 millones de personas de diferentes grupos étnicos y religiosos perdieron la vida en campos como Auschwitz-Birkenau, Bergen-Belsen, Treblinka y varios más.
Es difícil -y riesgoso- comparar el sufrimiento del régimen de detención Nazi con cualquier otro. Pero por sus características, este régimen ha sido colocado como emblema y paradigma de racismo, maldad, odio, crueldad y cinismo.
Lo trágico en el caso de Guantánamo y el resto de los centros de detención de la guerra contra el terrorismo es que una nación democrática, liberal, cuna del régimen democrático y republicano, campeona de la creación de las diversas declaraciones y convenciones de derechos humanos en el mundo, pueda ser comparada siquiera por un instante, por una similitud o un paralelismo histórico, con el régimen nazi y sus conductas. Algo muy grave ocurre cuando una nación de las características democráticas de los EE.UU. transita un camino que puede ser comparado con uno de los regímenes más atroces de la historia de la humanidad.
Recordar el horror vivido sin resentimientos inútiles y dándole un nuevo sentido en defensa de la vida es el mérito de Frankl. Sin embargo, sus lecciones fueron también aprendidas e interpretadas por un grupo de sucesores de su profesión, que decidieron utilizarlas para aumentar el sufrimiento de los detenidos en campos de internamiento y para manipular su sufrimiento para poder obtener de ellos determinado comportamiento y cooperación.
Una receta para la tortura
El 24 de Junio de 2005, un artículo del New York Times firmado por Neil Lewis (20) denunció los maltratos y abusos cometidos con la colaboración de médicos, psiquiatras y psicólogos en el campo de detención de Guantánamo Bay. Los profesionales médicos, trabajaban en equipos conocidos como “Biscuit Teams” –Equipos Galleta- apodo derivado de las siglas en inglés de su nombre oficial “Behavioral Science Consultation Teams (BSCT)” -Equipos de Consulta sobre Ciencias del Comportamiento-.
Compuestos por un médico, un psiquiatra y un psicólogo, el objetivo del equipo es conocer mejor al individuo en cuestión y ayudar a “quebrarlo” internamente. Explotar sus miedos, jugar con sus temores y angustias y crear un entorno estresante y angustiante eran sólo algunas de las cosas que los profesionales médicos pueden hacer para “ablandar” a los detenidos.
Según un artículo del New England Journal of Medicine (21) publicado el mismo mes, los interrogatorios de los detenidos fueron explícitamente diseñados para causarles “dolor, estrés, angustia y molestias”. El objetivo era hacer a los detenidos más permeables a las demandas de los interrogadores de cooperar con ellos para mejorar sus condiciones de vida en la prisión.
Los galenos no se remitían simplemente a “observar los interrogatorios tras un vidrio”, según indicó al New York Times un oficial de inteligencia hablando anónimamente. Muchas veces, los mismos médicos examinaban una y otra vez las historias clínicas de los detenidos para ver qué elementos podían utilizar a su favor: desde explotar los miedos de un detenido a la oscuridad, pasando por la tristeza de otro por la suerte que estaría corriendo su madre hasta negarle medicamentos esenciales para su riñón dañado a otro más.
Finalmente, la Asociación de Psicología Americana publicó una resolución donde advertía a sus miembros acerca de no participar en acciones de ética dudosa o que pudieran ser similares en parte o en todo a la tortura. (22)
Burton J. Lee, médico militar, ex médico personal del ex Presidente George Bush padre y miembro del Directorio de la asociación de derechos humanos Médicos por los Derechos Humanos escribió en The Washington Post:
“Pareciera que hoy nuestro país y nuestros militares han caído en “El Corazón de las Tinieblas” de J. Conrad. La catarata de abusos y maltratos ocurridos en lugares como Guantánamo y Abu Ghraib desafían la noción de que estos son casos aislados cometidos por algunos suboficiales descarriados. En lo que respecta a la tortura, la disciplina y liderazgo militares se han visto profundamente descarriados por un liderazgo civil errante” “La ética militar que yo conozco prohíbe por completo cualquier cosa que se parezca a la tortura y hay muchas razones para que esto sea así. Los prisioneros deben ser tratados de la misma forma en la que esperamos que sean tratados nuestros prisioneros en manos de los detenidos. La disciplina en los rangos militares depende mucho de que se cumpla la prohibición de la tortura. (…) y más que nada, los líderes militares han estado hace mucho tiempo al tanto de que la tortura inflinge un daño profundo y extendido tanto a la víctima como al torturador. La aplicación sistemática de torturas genera todo tipo de odios y hostilidad que trasciende generaciones. (…)” (23)
En efecto, quienes han sufrido algún tipo de torturas a manos de captores militares, las recuerdan permanentemente y no suelen olvidarlas con facilidad.
“A mi me torturaron muchas veces a conciencia y puedo decirlo” explicó a quien esto escribe Roberto Montoya, periodista y autor del libro “El Imperio Global” (Ed. El Ateneo, 2003). No es sin embargo, tan fácil encontrar personas con la valentía, el coraje y la voluntad de abrirse a contar sus experiencias tan expresamente.
Aquellos que han salido del infierno de Guantánamo han debido firmar declaraciones juradas con expresas instrucciones de no develar ningún detalle de lo acontecido durante sus detenciones. Una de las cláusulas específicamente otorga al gobierno de los EE.UU. el derecho a detener a la persona en cuestión, solicitar su extradición y juzgarla por violar el secreto bajo el que opera la detención.
A este respecto, es importante destacar que tanto la firma de documentos como la confesión bajo presión, coacción o tortura está prohibida por casi todas las legislaciones del mundo, así como por diversos tratados internacionales.
Al respecto, señala el Dr. Luis Peral, investigador de la Fundación para las Relaciones Internacionales y el Diálogo Exterior (FRIDE):
La prohibición de la tortura, que tiene carácter absoluto en el orden internacional, y es por tanto norma vigente en todos los Estados y no puede ser suspendida en ningún lugar y bajo ninguna circunstancia, obedece a dos razones elementales. Desde el punto de vista de su fundamento abstracto, la tortura está prohibida como garantía primaria del respeto a la dignidad humana. La dignidad humana es la esencia que compartimos como seres humanos, la irrenunciable condición que une a quienes pertenecemos a esta especie, aquello que indefectiblemente queda de nosotros cuando nos despojamos de cargos, honores y ornamentos. La dignidad humana es lo que en el fondo nos hace iguales por encima de cualesquiera diferencias, y por eso basta que una sola persona sufra tortura en cualquier lugar del mundo para que la dignidad humana sea universalmente ultrajada.
Pero la obligación de no torturar tiene también un fundamento práctico, e incluso pragmático: el testimonio arrancado a una persona mediante torturas carece, en todo caso, de fiabilidad. Si usted supiese sin margen de error que va a ser objeto de torturas –y es delicado y difícil ponerse en la piel de quien ha sufrido esa experiencia inhumana- no pensaría en cómo demostrar su inocencia.
Pero la Convención contra la Tortura de Naciones Unidas, de 1984, que es expresión de una norma universal aplicable incluso a los Estados que no son Partes, no admite excepciones a la prohibición de torturar ni a la prohibición de enviar o permitir que se envíen personas a países donde cupiese afirmar que existe un riesgo objetivo de que corran peligro de sufrir torturas. Y tampoco admite excepciones basadas en la distorsión del lenguaje. (24)
A esta mordaza legal, se le suma la del dolor, miedo y angustia que manifiestan aquellos que han pasado por esta experiencia traumática. No todos los detenidos pueden encarar la penosa labor que implica recordar, ligar los eventos recordados entre sí, elaborarlos y transmitirlos a un interlocutor. Si bien para quien ha sufrido un evento traumático, relatarlo puede resultar un proceso catártico que da alivio, recordar los eventos una y otra vez implica revivirlos en toda su dimensión, en su sufrimiento y conmoción. No todos han podido enfrentar ese infierno dos veces.
Sin embargo, algunos de ellos han podido hablar. Sabir Lahmar, Mohammad Nechle, Boudella Al Haji, Mustafa Ait Idir, Abd Al Malik Al Wahab Omar Deghayes, Shafiq Rasul, Asif Iqbal y Rhuhel Ahmed, entre otros, han dado su relato a organizaciones como Amnesty Internacional, Human Rights Watch, Human Rights First, la Comisión Investigadora del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos y a estudios de abogados que han querellado al gobierno de los EE.UU. para liberar a los detenidos que ha sido posible contabilizar.
De los relatos de todos ellos surgen decenas de elementos comunes, que es posible condensar en un solo relato, el de un prisionero anónimo, capturado en una guerra sin fin, victima del vacío de la “Guerra Civil Legal”.
Nuestro prisionero-paradigma (“PP”) fue capturado cerca del 20 de noviembre de 2001 en el norte de Afganistán por tropas leales al Gral. Dostum. Su origen y afiliación con AlQaeda y los Taliban es desconocido. Sin embargo, es altamente probable que por su bajo rango en la escala de mando de estos últimos, haya sido conscripto en una leva forzada para servir en las primeras líneas de las fuerzas talibanes, cuyos líderes usualmente se quedaban en la retaguardia y en las ‘casas seguras’ –las cavernas- afganas. Las tropas de Dostum lo vendieron en unos quinientos dólares a un contratista civil estadounidense, quien a su vez los trasladó a las manos de un destacamento militar de los EE.UU. “PP” fue metido por los soldados afganos en un container de metal junto con otros 200 prisioneros. Un soldado se apiadó y les gritó: “Si se acomodan ahora no se retuerzan porque después no podrán moverse.” Los 200 fueron dejados al sol durante horas, hasta que un nuevo contingente fue traído y empacado en otro contenedor. Tenían las cabezas rapadas, señal de que habían sido encontrados culpables de espiar para o de matar con los Taliban. “PP” escuchó los gritos suplicando piedad hasta que comprendió lo que pasaba al oler el humo de rama de amapola seca y de pelo y carne quemada: los soldados habían prendido fuego bajo el container. “PP” se desmayó y eso le salvó la vida: en un intento de permitir que entrara aire al container los soldados de Dostum dispararon contra el container con sus ametralladoras hiriendo a algunos y matando a muchos. Ahora “PP” debía convivir con la sangre y vísceras de los muertos, que comenzaban a descomponerse al sol. El container fue subido a un camión y llevado por un camino de montaña hasta Sherbegan. Por la noche heló, por lo que “PP” tuvo oportunidad de tomar algo de agua lamiendo los costados condensados de la caja de metal. Al llegar a Sherbegan sólo 20 de los 200 habían sobrevivido: tuvieron que cavar pozos para los muertos y llevar hasta allí los cadáveres. Luego fue encerrado en una celda de 10m x 10m junto con otros 70 hombres.
La primera semana de cautiverio sólo tenía para comer un pedazo de pan del tamaño de la mitad de su mano y un vaso de agua por día. A los cinco días, llegó un delegado del CICR y se les proveyó de más comida, agua, sandalias de plástico y frazadas. El CICR también dejó un container con grano para alimentar a los prisioneros, pero el grano fue robado por los soldados de Dostum bajo la mirada impasiva de los estadounidenses. Todos los prisioneros comenzaron a juntar piojos y liendres, se propagaron los casos de diarrea y disentería. Al cabo de dos semanas, los prisioneros vivían literalmente sobre un piso de sus propias heces y desechos.
En Sherbegan estuvo detenido sólo 30 días, durante los cuales recibió una visita del CICR y pudo intentar contactar a sus familiares. El CICR tomó sus datos y lo hizo registrar en los libros de la prisión, una vieja fortaleza de unos 3 siglos de antigüedad. El 28 de diciembre, un equipo de las fuerzas especiales de los EE.UU. arribó a la prisión. “PP” fue llevado con otros detenidos al patio de la prisión en plena noche, aún sufriendo de disentería. Fue desnudado y los soldados hicieron una exhaustiva búsqueda en su cuerpo, incluyendo una brutal ‘inspección de cavidades’. Al rato comenzó a sufrir los efectos del frío y para cuando se le permitió vestirse de nuevo, ya estaba sufriendo de hipotermia.
“PP” no fue llevado a su celda sino a un cuarto para ser interrogado. Fue esposado de pies y manos, y obligado a arrodillarse frente a un soldado estadounidense quien comenzó a hacerle preguntas mientras otro soldado le apuntaba con un rifle de asalto M-16 a la cabeza. El interrogatorio duró sólo 10 minutos, en los cuales el soldado le preguntó que hacía en la prisión y como se sentía. “Muy asustado”, dijo “PP”. “No es nada comparado con lo que te podemos hacer” le respondió el soldado en inglés. Luego fue sacado al patio, donde ya amanecía y sentado con una bolsa de tela en la cabeza junto a otros prisioneros, aproximadamente 50, durante cerca de 4 horas. Mientras tanto, los soldados de los EE.UU. pasaban entre ellos pegándoles y diciendo cosas como “Hijo de puta! Mataste a mi familia en las torres, ahora me la vas a pagar”.
Luego fueron arrastrados cara al piso hacia unos camiones a los que fueron subidos, todavía con la cara tapada. Viajaron durante unos 45 minutos. Luego debieron esperar en los camiones mientras oían a los soldados estadounidenses hablar de que los ‘pájaros’ llegarían a las 18.00 horas.
“PP” fue subido a un avión de carga, sentado con las piernas esposadas por precintos de plástico y estiradas hacia delante, con las manos esposadas en la espalda y encadenadas a un gancho. Cada vez que intentaba acomodarse, era golpeado en la cabeza o los riñones con la culata de un rifle o con un bastón tipo TONFA. Durante el viaje heló y los guardias les tiraban agua a la nuca para aumentarles el frío. Al arribar a Kandahar, fueron bajados del avión y colocados en semicírculo detrás de una de las turbinas, aún encendida a poca potencia: un oficial médico discutía con otro estadounidense acerca de que era “muy peligroso” dejar a los prisioneros con hipotermia.
Unos minutos más tarde, se los ató con una soga de cordel fino muy apretada y la cadena humana fue obligada a caminar por Kandahar casi durante una hora, descalzos por un camino de piedra. Luego fueron ubicados en una tienda y obligados a arrodillarse en el piso de piedras con la cara apretada contra el piso de piedras con un rifle de asalto. Allí le preguntaban una y otra vez quién era y qué hacia en Afganistán. Cada vez que respondía, le pegaban y le decían “No me mientas hijo de puta!”. Luego fue interrogado varias veces por períodos de media hora cada interrogatorio. Hacía casi 72 hs. que no comía y 24 hs. que no bebía agua. En uno de los interrogatorios, el interrogador tenía en el escritorio varias botellas de Agua Nestle y bebía constantemente, invitando a los guardias por sí tenían sed. “PP” pidió agua y el interrogador le dijo que no tenía, a pesar de que él veía las botellas delante suyo.
Al final de la 4ª sesión de interrogaciones, le sacaron fotos, huellas digitales, mapa de dientes y una muestra de ADN a través de la saliva y cabello.
Luego del primer interrogatorio los soldados le llevaron pan con manteca de maní y comenzaron a insistir que tomaran grandes cantidades de agua.
Luego fue llevado a otra tienda de interrogación donde el interrogador no le hizo una sola pregunta sino que comenzó a gritarle que pertenecía a AlQaeda. Cuando “PP” contestaba que no era así, el guardia lo golpeaba en los riñones, hasta que “PP” eventualmente perdió el control de la vejiga y se orinó. Entonces comenzaron a gritarle que era un animal, que sólo los animales orinaban en cualquier lado y lo obligaron a salir de la tienda caminando en cuatro patas con una correa atada al cuello.
Algunas horas después fue interrogado nuevamente, esta vez por oficiales de inteligencia británicos, que se identificaron como del SAS, de Scotland Yard y de INTERPOL respectivamente. El interrogatorio fue breve: arrodillado en el piso de arena, con algunos vidrios y alambres esparcidos, los interrogadores una y otra vez le decían que sus compañeros habían admitido pertenecer a la red terrorista Al Muhajeroon. Repreguntaban por qué había viajado a Europa en tal o cual ocasión y por qué había viajado a Afganistán y le decían que si no confesaba lo llevarían a alguna prisión de la que no saldría nunca: Guantánamo, Belmarsh o a alguna en Egipto o Siria.
Cada vez que “PP” se dormitaba, los guardias lo despertaban. Muchas veces lo levantaban y le decían: “Listo, por pelotudo ahora te vas para Guantánamo”. Lo hacían caminar unos metros y luego lo hacían volver a su tienda. Si se dormía, lo despertaban de nuevo: “¿Ves? Ahora te mandamos a un pozo en Israel”. Y volvía a su tienda.
Finalmente una noche lo pusieron a caminar en la oscuridad por un campo hacia una luz que brillaba a lo lejos. A la mitad del camino oyó un “Agarralo!” y alguien soltó un perro de asalto para que le diera caza. “PP” corrió, pero como estaba atado de pies y manos, rápidamente el perro lo agarró. Era un ovejero alemán de unos 80 kilos de peso. El perro quiso morderle la cara y se oyó un silbato. El perro lo tomó con el hocico de la garganta y no lo soltó hasta que llegó el guardia. El guardia lo obligó a ponerse de pie y le dijo “Sos un gatito maricón”. Luego lo subieron a un camión y fue llevado a una base aérea desconocida.
Allí lo desnudaron y realizaron una ‘búsqueda de cavidades forzada’ alegando que “PP” había escondido en su ano elementos cortantes, “como hicieron tus amigos el 11-S”. Luego le pusieron pañales, le metieron un supositorio y le pusieron anteojos de ski pintados de negro, un barbijo tipo quirúrgico en la cara, guantes de felpa muy gruesos en pies y manos y un par de auriculares anti-ruido. Como resultado, “PP” no tenía casi ninguna sensación del mundo exterior.
Eventualmente todo el grupo fue subido al avión de transporte y fueron sentados en la misma posición dolorosa de antes. El viaje duró muchas horas con un frío terrible. En un momento los guardias le acercaron una MRE (Comida Lista Para Comer, de sus siglas en inglés “Meal Ready to Eat”), pero por la posición en la que estaba sentado “PP” no pudo casi ni abrir el paquete. Los guardias dejaron la comida en su regazo hasta que se enfrió. Luego le dieron pan con manteca de maní y sándwiches con manteca y mermelada y pedazos de mandarina. Finalmente el avión aterrizó y “PP” se despertó en un lugar muy caliente, con mucha luz, mucho calor y mucho sol. Las esposas en su manos estaban apretadas con tanta fuerza que al final de su cautiverio “PP” perdió la sensibilidad en la mano izquierda.
En febrero de 2002 “PP” llegó a Guantánamo. Al bajar del avión le dieron un traje naranja de una pieza y lo hicieron pasar por una puerta con un cartel que decía “Guantánamo Bay Naval Base”. Tras la puerta había un soldado alto y grande que le dió un puñetazo en el estómago que lo hizo doblarse mientras le gritaba “Ahora sos propiedad del Cuerpo de Infantes de Marina de los EE.UU. pedazo de mierda”. Otros dos guardias lo agarraron mientras estaba doblado, lo mantuvieron en esa posición y lo obligaron a caminar. La contractura abdominal lo obligó a intentar incorporarse pero los guardias lo impidieron. Entonces su estómago sufrió un calambre y “PP” trastabilló. Uno de los guardias lo golpeó con un bastón y le roció spray de pimienta MACE en la cara, diciendo que había tratado de escapar. Irritado y tosiendo “PP” fue llevado a una celda.
Durante días “PP” permaneció solo en la celda, en el Campo X-Ray. Le daban de comer unas galletitas por día y bebía de un pequeño cubo de agua parecido al de un perro. Su celda, una de las 60 del Campo X-Ray, media 2m x 2m, estaba hecha de alambre y cubierta por metal corrugado. Había un jabón, 2 toallas, una sábana, pasta dental, shampoo y una manta aislante para dormir en el piso. Había también un cubo para que hiciera sus necesidades fisiológicas. Durante ese tiempo los guardias no le daban nada más de comer, no lo dejaban dormir y recurrían permanentemente al ‘registro de cavidades’ buscando humillarlo. La mayor parte del tiempo, debía permanecer al sol, arrodillado en posiciones dolorosas con los accesorios de privación sensorial (APS) puestos. No bebía agua en ningún momento en las horas de sol aunque de vez en cuando alguien le mojaba los labios con un trapo húmedo. Solamente los que se desmayaban recibían suero intravenoso. El agua era un privilegio que los prisioneros debían ganarse cooperando, le explicaron.
Cada tantos días, los guardias lo llevaban a un cuarto y lo desnudaban, pero dejaban los APS puestos. Luego una mujer lo examinaba táctilmente, lo cual muchas veces incluía un estudio testicular extenso y una búsqueda de cavidad anal. Para “PP” esto era expresamente humillante ya que como hombre musulmán, la humillación sexual y el contacto no deseado con una mujer, así como los pensamientos sexuales que le provocaba la mujer lo humillaban y lo hacían sentir impuro. Para arrepentirse, “PP” se sentaba a orar pero cada vez que lo hacía los guardias entraban y lo golpeaban diciéndole que “Tu Dios de mierda ya te abandonó, por eso estás en el infierno”.
El único contacto que tenía con personas que le hablaban era con los constructores del campo, obreros con rasgos fenotípicos que describe como “de Asia del Este” y que, descubrió luego ganaban un dólar la hora y trabajaban 12 horas al día. Uno de ellos le sopló el nombre de la empresa constructora: Halliburton.
En su celda entraba el calor del día, el frío de la noche, la lluvia, las ratas, serpientes y escorpiones. Toda el área del Campo X-Ray estaba inundada de luces de estadio de fútbol que al caer el sol iluminaban el campo como si fuera de día, dificultando el intento de dormir. Luego le sacaron sus ‘ítems de confort’: cepillo de dientes, shampoo, jabón y la sábana para la ‘cama’. “PP” supone que lo hacían sabiendo lo importante que es para la religión musulmana la higiene corporal y la limpieza del ámbito vital de la persona. Esa es la misma razón por la que supone que los guardias se negaban, en más de una ocasión a llevarlos a la letrina para defecar. Como muchos de ellos estaban enfermos de disentería y de diarrea, a los pocos días el Campo X-Ray entero era pestilente. El enterizo naranja también parecía haber sido diseñado para mortificarlo en sus creencias: por un lado, el color naranja y el rojo señalan al condenado a muerte en el mundo islámico. Por el otro, el enterizo tenía un tajo sobre el costado casi a lo ancho de toda su extensión. Por esa razón, cuando el detenido se arrodillaba para rezar –las pocas veces que se le permitía-, su regazo y genitales quedaban al aire, algo absolutamente prohibido por la religión. De todas formas, los prisioneros tenían prohibido llamar al rezo, leer el Corán o arrodillarse en dirección a la Meca, que tampoco sabían hacia dónde quedaba. De la misma manera lo humillaban al acercarle perros permanentemente: el perro es un animal temido por su fiereza pero además considerado impuro en el mundo musulmán.
Esto llevó a la primera huelga de hambre del campo, que fue resuelta cuando las autoridades les permitieron rezar, les dieron ejemplares del Corán y les indicaron con flechas la dirección de la Meca.
Sin embargo, “PP” sentía esas y todas las cuestiones relacionadas con los malos tratos como preparación y “ablande” para los próximos interrogatorios.
Estos comenzaron unos días después de la llegada de “PP” a Guantánamo. Una mañana fue introducido esposado a una celda. Lo sentaron en una silla y le ataron los pies y las manos a un gancho en el piso. Luego los guardias se fueron y lo dejaron sentado durante unas 8 a 10 horas. Cuando lo liberó, uno de los guardias le dijeron que esa noche no le darían de comer, “por no haber cooperado con los interrogadores”. Lo mantuvieron despierto toda la noche pateándole la puerta, entrando a cada rato a revisar su celda y haciendo ladrar perros a su alrededor.
Hambriento y deshidratado, al día siguiente lo llevaron al mismo cuarto. Lo ataron al gancho de pies y manos, las manos colocadas por debajo de las rodillas, posición que le causaba un profundo dolor. Subieron el aire acondicionado hasta 5 o 6 grados y lo dejaron solo durante 4 horas. Luego moderaron el aire y entraron varios interrogadores: durante horas le hicieron una sola pregunta “¿Por qué pertenecés a AlQaeda?, ¿Por qué querés matar estadounidenses?”. Al principio “PP” intentó responder que no era de AlQaeda y que nunca había querido matar a nadie. Pero a los interrogadores no les interesaba lo que él tenía para decir. Cada vez que respondía insistían con la misma pregunta. Tras 14 o 16 horas de interrogatorio, lo levantaron y lo llevaron a su celda.
El tratamiento nocturno se repitió igual que la noche anterior.
A las horas, “PP” es llevado a ser interrogado de nuevo. Le toman el pulso, controlan sus signos vitales. Las esposas y cadenas están muy ajustadas y eso le produce heridas y llagas en tobillos y manos. Se queja con el oficial médico quien le dice “No te vas a morir…”. Lo sientan a la silla del cuarto de interrogación y lo atan al gancho del suelo. Una hora después entra el interrogador. Ordena que lo suelten del suelo. El interrogador intenta con la técnica del “Solitario”, que consiste en decirle que se ha quedado solo, que sus amigos confesaron y están libres en su casa. Que su familia lo rechaza porque los ha humillado y que sus amigos tampoco lo quieren ver más. El interrogador le pregunta si no se siente solo, si le gusta estar solo. Al rato, otro interrogador ingresa al cuarto. Tiene mayor rango que el primero, es brutal y grosero. Lo tira al piso y lo ata al gancho otra vez. Le grita, ante la mirada del primer interrogador. Le pregunta constantemente por Al Qaeda y por Osama Bin Laden: “¿De donde los conocés?, ¿Dónde están?, ¿Por qué los encubrís?” el otro interrogador interviene, ahora están usando la técnica del policía bueno-policía malo. “PP” esta agotado, se cae para un lado por el sueño. Pide agua. El interrogador “bueno” le acerca un poco. El “malo” interviene. No se la da, se la derrama en la nuca. “Hijo de puta, mis amigos en las torres no tuvieron agua cuando los quemaste vivos”. Ordena que liberen el cuarto. Le grita que es un animal, peor que un animal y que un animal se portaría mejor que él porque el perro reconoce el bien del mal y protege a la gente. Comienza a enseñarle lecciones de entrenamiento canino: ¡vení!, ¡andá! ¡echáte! ¡ladrá!, para elevar su estatus social al de un perro. “PP” se pone molesto. El interrogador le dice “Dale, mordeme, ¿ves que sos un perro?”. Al rato lo mandan a su celda. En el camino le muestran una familia de ratas alrededor de un nido. Le dicen: “¿Ves? Son mejores que vos. Son libres y se cuidan las unas a las otras, vos sos menos que ellas”.
Lo meten en su celda y al rato aparece otro interrogador. Le dice que su cuarto es un asco, una vergüenza. Le dice que hasta que no coopere no se puede ir de ahí, que si elige vivir su vida en esa miserable caja es por culpa suya. Esta usando la técnica del “Daño Autoinflingido”: “Si seguís acá es porque elegís portarte mal. Si fueras de verdad bueno cooperarías con nosotros y nos ayudarías a agarrar a los malos y te irías de aquí”. El guardia le dice que limpie el cuarto. Le tira todas las pertenencias afuera y le ordena que las recoja. “PP” sale a buscarlas pero el guardia lo patea y grita que se está escapando. Aparece el ERF, Extreme Reaction Force -Fuerza de Reacción Extrema- compuesta por 5 a 8 guardias de más de 1,80 metros de altura, 100 a 120 kilos de peso, armados con gas MACE y bastones TONFA, protectores bucales, rodilleras y coderas de plástico, cascos y manoplas de KEVLAR. Le saltan encima, lo someten de pies y manos y lo golpean en la espalda con las TONFA. Le dicen: “El mundo no sabe que estas acá, a nadie le importa una mierda si estas acá, a nadie le interesa si vivís o te morís. Te vamos a matar y nadie se enterara, al contrario, los que se enteren van a estar felices”. Lo maniatan y lo llevan a una celda de aislamiento.
“PP” es ubicado en el bloque “Tango”, reservado para detenidos de “Nivel 4” o sea, de máxima peligrosidad o de bajísima cooperación. Las celdas son similares a un baño químico de obra, solamente que de dos metros de largo y de metal.
La celda de “PP” tenía un equipo de Aire Acondicionado que no funcionaba y estaba casi por completo aislado. El techo era de plástico grueso pero transparente. Hacía mucho calor en el interior, que estaba mal pintado de verde, tenía olor a excremento y estaba oxidado en los bordes. El calor superaba los 50 grados. Casi no podía acostarse porque no entraba en el espacio. Por la noche entraba el frío y los guardias encendían el aire acondicionado por lo que helaba. “PP” no tenía mantas ni frazadas por lo que simplemente se congelaba por la noche y se deshidrataba por el calor. Para beber, lamía -como en Afganistán- las paredes. Durante las dos semanas que estuvo así no lo interrogaron.
Repentinamente, una mañana lo llevaron a ser interrogado. Los guardias le ofrecieron agua. “PP” aceptó. Se la derramaron en la cabeza. La sesión comenzó de nuevo con la técnica del “Miedo Brutal”: amenazarlo constantemente con castigos peores, gritarle, golpear el mobiliario cerca de él. Uno de los guardias rompió una silla al lado suyo, pero sin tocarlo. Luego volvieron las preguntas, usando la técnica de la “Metralla de preguntas”: preguntar casi las mismas cosas sin parar y sin darle tiempo de responder:
“¿De donde venís?, ¿Conocés a Khalid Sheik Mohammed?, ¿Conocés a Osama Bin Laden Bin Laden Laden?, ¿De donde venís?, ¿Conocés a Khalid Sheik Mohammed?, ¿Conocés a Osama Bin Laden Bin Laden Laden?, ¿De donde venís?, ¿Conocés a Khalid Sheik Mohammed?, ¿Conocés a Osama Bin Laden Bin Laden? Turnándose, los guardias lo tuvieron así casi 10 horas. Luego lo dejaron con música a alto volumen: una cinta sin fin de la canción In the Rivers of Babylon del grupo Booney M y tras dos horas de eso lo llevaron a otra celda, donde había un retrete y una manta para dormir.
Mientras pasan los días, los guardias le recuerdan permanentemente que nadie lo quiere, que nadie lo ama, que nadie lo recuerda. Que va a morir solo y solamente es por su culpa, por no querer hablar. Luego otros le dicen que su familia le escribió cartas pero que no se las pueden dar por su nivel de seguridad. Que su familia lo ama y lo extraña. Que coopere y podrá salir de allí y reunirse con ellos. Otra vez le dicen que confiese ser un combatiente de Al Qaeda, y que por disposición de las Convenciones de Ginebra podrá salir liberado cuando la guerra termine, a pesar de que ya le han dicho que las Convenciones de Ginebra no aplican para él ya que es un combatiente enemigo y que “no tiene derechos”.
Cada día trae una nueva rutina: ahora los interrogadores le reprochan lo malhumorado y poco colaborativo que está. Para escalar sus emociones hacen una máscara con un SMILE con la tapa de una comida tipo MRE y se la ponen en la cara. Le hablan bien, con amabilidad a la tapa. Luego se la sacan y le gritan. Un sargento le explica que la gente habla bien con quien es amable y se porta bien, no con quien es irrespetuoso. El interrogador le dice que no responder es irrespetuoso y humillante. Le vuelven a poner la careta. Vuelven al mismo juego. Luego inflan un guante de látex y lo usan para rozarlo contra su cara. “PP” permanece atado al piso pero le molesta el juego. Los interrogadores lo notan y siguen haciéndolo una y otra vez. Luego lo hacen parar y le dicen que están hartos de su mal humor. Comienzan a enseñarle pasos de baile, ponen música y bailan durante media hora, diciéndole que ponga atención. Luego le ponen la máscara de nuevo en la cara. “PP” comienza a gritar. Le preguntan qué quiere, y si es que tiene algo importante para decir.
Luego de eso lo mandan a un cuarto y lo encierran. Encienden luces estroboscópicas y ponen música electrónica muy fuerte. Lo dejan ahí por 10 u 12 horas. Esto lo hacen varios días seguidos. “PP” comienza a atener problemas para oír.
Otra vez, “PP” fue llevado a otra sala de interrogatorio. Le mostraron un video del 11-S, y otro de AlQaeda. Le preguntaron varias veces que opinaba de ese video. Le decían lo grande que era AlQaeda, cuán poderosa era por haber podido golpear tan violentamente el corazón de los EE.UU. y lo invitaban a hablar con ellos “de militar a militar” y lo desafiaban a ver quien sabía más de estrategia y táctica. Usaban una de las pocas técnicas no ilegales de interrogatorio: el “Ego arriba-ego abajo”. Cuando se negaba a hablar, entonces comenzaban a insultarlo y a preguntarle por qué no hablaba, si era un hombre y por qué defendía a sus líderes, que lo habían dejado solo y abandonado en este pozo.
Después de eso lo llevaban a una celda común. Casi no lo dejaban dormir. A las cinco o seis horas lo llevaban a interrogar de nuevo. Lo ataban al piso. Le decían lo maleducado que había estado por no cooperar con ellos, que su falta de respuestas sinceras era humillante y los avergonzaba. Que ellos habían puesto las manos en el fuego por él, diciendo a sus jefes que valía la pena tratarlo bien porque él era un elemento valioso y una persona con la que se podía hablar y el los había decepcionado. Le decían que sus pocos amigos habían muerto y que sus líderes lo habían abandonado. “¿Por qué los defendés si ya no les interesas?” le preguntaban. Esa técnica se conoce como “Enfoque de la Futilidad”.
Luego lo trasladaron al Bloque Oscar, donde lo tuvieron dos días sin comida y un poco de agua. Le llevaban comidas tipo MRE las cuales casi no podía abrir por estar esposado. Al minuto o a los dos minutos, le sacaban el plato y le decían que si no quería comer, por ellos estaba bien.
Para ese momento recibió la primera visita del CICR. El delegado se entrevistó sólo con él en un cuarto y le hablo con suavidad y claridad. Le dijo que sabía que lo estaban maltratando y que no se preocupara, que no diría que él había hablado, pero que podía contarle lo que le estaba pasando. “PP” tenía miedo y no quiso hablar. El delegado le ofreció agua y una barra de cereales y una fruta. “PP” las comió con desesperación. Sin que lo viera, el delegado anotó en su cuaderno una posible manipulación dietaria. El delegado le preguntó por su familia, si estaban al tanto que él estaba acá. “No tengo idea” dijo “PP”. El delegado anotó unos nombres y direcciones y le dió papel y lápiz para que escriba una carta. “Estoy en custodia de los estadounidenses” puso en el papel. El delegado se retiró y le dijo que volvería. Le preguntó por último si le habían explicado sus derechos bajo las Convenciones de Ginebra. “PP” puso cara de nada. El delegado tomo rápida nota.
Los estadounidenses lo llevaron a otra celda. Le dijeron que era un traidor, que le había contado al CICR muchas cosas falsas, que los habían denunciado, que era un mal amigo. Le dijeron además que el delegado del CICR, igual que algunos abogados que defendían a algunos de los detenidos era “judío”. “¿Cómo podés confiar en un judío? ¿Estás loco?” le preguntaban. Una tarde lo envolvieron en una bandera del Estado de Israel mientras le preguntaban una y otra vez lo mismo y le decían “Amigo de los judíos”. Que ahora lo devolverían al Gral. Dostum para que lo “ate a un palo y lo cueza a las brasas”. Que ellos lo habían salvado de las manos de Dostum y así les pagaba. Querían saber qué le había dicho al delegado, y “PP” les contó todo. Igualmente lo llevaron a otra celda de aislamiento y luego de vuelta a un bloque común.
Al volver allí “PP” les preguntó que había pasado, si había hecho algo bien. “Parece que dijiste algo que ayudó a matar enemigos” le dijo un guardia, “pero no sé nada más”. “PP” no sabía que podía haber dicho de utilidad, ya que no había estado en combate, sólo había sido chofer de unos grupos de talibanes y sólo había hablado de su estadía en Afganistán, de caminos, cuevas, geografía más que nada. Les había respondido qué significaba tal o cual expresión en farsi pero nada más. Pero el mensaje estaba claro: si ayudabas, si hablabas, la pasabas mejor.
A las dos o tres semanas volvió el delegado del CICR. Llevó consigo un folleto y le explicó el rol del CICR en los conflictos armados: preservar la vida de los detenidos, proteger su integridad, velar por que se respeten las Convenciones de Ginebra, establecer contacto con las familias de los detenidos, proveerlos de medicina o comida en casos extremos. El delegado no podía hablar en público de lo que veía, ni denunciar públicamente. Si se violaban esas normas, le explicó, los estadounidenses podían no dejarlo volver. Le explicó qué eran las Convenciones de Ginebra y los derechos que tenía bajo ellas. Hablaron casi una hora. Para “PP” fue medicina, o mejor.
A los pocos días los llevaron a un patio de ejercicios. Les permitirían ejercitarse 15 minutos al día, a raíz de las protestas del CICR a las autoridades del campo. También les dieron libros y les llevaron películas: El Naufrago, El Campo de los Sueños, Liberen a Willy, etc. “PP” recibió varios libros y se le permitió tenerlos en su celda. También le dieron una frazada para el frío, una botella de agua al día, un ejemplar del Corán en árabe y pintaron en el suelo de su celda una flecha que indicaba la dirección de La Meca.
Durante las noches no lo dejaban dormir, por ruidos indirectos que provocaban, como encender las luces, hacer simulacros de intento de escapatoria, encender sirenas y alarmas. A los dos días lo llevaron a interrogar de nuevo. Le mostraron un video de Osama Bin Laden y le dijeron que se notaba clarísimo que entre los ayudantes estaba él. Sí o sí tenía que admitirlo, decían. El no respondió. El interrogador se puso furioso. Le decía: “Sos un hijo de puta!, mataste a toda esa gente, conoces a ese tipo y no nos decís nada, te tratamos bien y no nos decís nada pedazo de mierda”. El interrogador tocó un timbre y entro nuevamente el equipo ERF. El interrogador dijo que había tratado de escapar. El ERF le saltó encima, un guardia a la cabeza, otro a los pies, otro a la cadera y otro a los pulmones. Lo aplastaron al piso, cara hacia abajo. Lo llevaron a una celda de aislamiento. “Mis libros” alcanzó a decir “PP”. “Este es el único libro que vas a tener” dijo un ERF mientras lo golpeaba con su TONFA en los riñones. “Viniste acá a ser castigado, no a entretenerte”.
Lo dejaron en aislamiento durante dos semanas. Catorce horas al día ponían música estridente por los parlantes. Por la noche encendían el aire acondicionado. Le dieron de comer una especie de sopa de avena con gusto a orina. No le daban agua. Las luces se encendían 24 horas al día. A veces se apagaban por períodos de dos o tres minutos, donde caía medio dormido y se encendían de nuevo. Al término de las dos semanas lo llevaron a un cuarto de interrogatorio. Había tres interrogadores. Lo ataron al piso, en una posición dolorosa. Durante las tres primeras horas no le hicieron preguntas ni le hablaron siquiera.
Hablaban entre ellos sobre si valía la pena mantenerlo vivo o no. Luego le
mostraron fotos de gente. Algunos eran obvios: Madonna, Henry Kissinger, George Bush. Otros eran desconocidos: gente en shoppings y malls de los EE.UU. e Inglaterra haciendo compras. Le preguntaban que sabía de ellos.
-“Nada”.
-“¿Nada?!!!!!!! ¿No sabés acaso que Madonna hace música?”
-“Sí, eso sí”,
-“Bueno entonces no digas nada, sabes algo así que decínoslo. Lo que no nos digas te vas a arrepentir”.
Empezaban de vuelta las fotos. “Osama Bin Laden” dijo al ver la cara del líder de AlQaeda. “Ves que lo conocés hijo de puta!” gritó el oficial más agresivo. Sacó su Beretta 9mm y se la apuntó a la sien. Amartilló. Colocó el gatillo hacia atrás. “No!” gritó “PP”. “Confieso lo que quieran, no me maten, confieso lo que quieran”. “¿Vas a confesar de una puta vez que sos de AlQaeda”. “Sí, sí, sí, soy de AlQaeda, sí, lo admito, por favor no me maten”. El oficial gatilló. El arma estaba vacía.
“PP” comenzó a llorar, luego se desmayó. Le dieron una patada en una pierna y lo arrastraron los ERF a su celda. La técnica de la “Falsa ejecución” había dado resultado. “PP” estaba ya bajo control psicofísico de sus captores.
“PP” fue colocado en una celda de aislamiento nuevamente, luego de ser duchado por un minuto con una manguera antiincendio. Con el pelo mojado, prendieron el acondicionador de aire de su celda a 4 grados, aún cuando había un cartel en el aire acondicionado que indicaba que no debía ser puesto a menos de 18 grados. Luego de tres horas, lo llevaron a otro cuarto donde había otro aire acondicionado a la misma temperatura. Lo ataron de pies y manos en el piso, en la posición dolorosa y lo dejaron por 4 horas. Al rato entró un investigador -el Sr. Smith- a quien “PP” ya había visto varias veces. Al entrar Smith dijo: “Está lindo y fresquito acá”. Smith quería que “PP” mirara unas fotos para identificarlas. Primero le mostró varias revistas pornográficas. “Mira, vas a ver conchas [sic en el original] de nuevo…”, luego sacó fotos de sospechosos de terrorismo y se las mostró. El proceso duró unas 6 u 8 horas y Smith parecía querer usar las revistas pornográficas para premiar a “PP”, pero parecía consciente de la humillación que le producía. Al final de la sesión, “PP” terminó engripado pero el interrogador no permitió que recibiera medicación.
En los meses siguientes “PP” fue interrogado por agentes militares, contratistas civiles de la empresas TITAN Corporation y CACI International, por agentes de inteligencia británica, por agentes que se identificaron como miembros del Mossad Israelí pero que según “PP” no parecían israelíes, por agentes del equipo Hercules Team de la policía de Nueva York, por agentes del MI5 británico, por oficiales de la embajada británica, por agentes del CDI (División de Inteligencia Criminal del ejército de los EE.UU.), por agentes de la NSA, de la CIA, de la MID, de la MST y la ARTF. En ocasiones lo interrogaban en un cuarto con aire acondicionado encendido al máximo. En otras lo dejaban varias horas al sol y luego lo interrogaban en un cuarto al calor mientras los interrogadores tomaban agua. En algunas ocasiones lo ataban de pies y manos al piso, otras por la espalda y cervicales a un gancho en el techo, otras a un gancho en la pared a su espalda, con un gancho que dejaba a las manos a la altura de los hombros. Algunos interrogatorios duraban 14 horas, luego era llevado a su celda y no se le permitía dormir.
Cuando finalmente se dormía lo despertaban a las horas y lo interrogaban de vuelta. A veces lo dejaban 4 a 6 horas en un cuarto con música atronadora y a todo volumen, otras debía pasar días encadenado en una celda con los artículos de privación sensorial puestos. En uno de los interrogatorios apareció una mujer, que comenzó a desnudarse y a simular que se masturbaba mientras le hacía preguntas. “PP” no quería mirarla por temor a ser humillado por motivos religiosos. Pero la mujer quería que “mirara” algunas fotos. Se entreabrió la blusa y las colocó a la altura de su escote, entre sus pechos. “PP” no abrió los ojos. La mujer dijo que si no miraba las fotos los ERF lo “ERFearian” (sic). “PP” las miró y entonces el guardia que estaba parado atrás le pego una patada en la espalda que lo tiró al piso mientras le gritaba “¿Qué hacés mirando a mi novia hijo de puta?”. En otra de las interrogaciones le ofrecieron mandarlo de vuelta y pagarle “una buena cantidad de dólares de por vida” para espiar para ellos. Esto parecía interesarles mucho. Insistieron. En otra ocasión le dijeron que si no espiaba para ellos traerían a su familia aquí y no serían tan buenos con ellos como con él. De todas formas, las condiciones del aislamiento a las que estaba sometido hacían que las sesiones de interrogación le hicieran bien: en cierto sentido era tener algo de contacto humano.
“PP” recuerda que los soldados con mejor trato hacia él eran los de origen puertorriqueño. Uno de ellos, a escondidas le pasaba gajos de mandarina y le pedía disculpas. “No todos los estadounidenses somos así”, le decía “…yo entré a la Guardia Nacional para poder juntar plata e ir a estudiar y odio tener que hacer esto, nunca me dijeron que tendría que hacer esto. Por mi me iría al carajo ya.”
En algunas ocasiones “PP” trastabillaba o caía al piso a raíz de lo débil que estaba y lo rápido del paso de los soldados, cosa que además debía hacer mirando al piso. En esas ocasiones los soldados sonaban un silbato y aparecían rápidamente los ERF. En ocasiones el silbato sonaba porque sí.
Algunas veces el interrogatorio consistía solamente en atarlo al piso y proyectar tres o cuatro veces seguidas algún documental sobre el 11-S, en especial el magnífico y único “11 de septiembre” de los hermanos Jules y Gedeon Naudet. “PP” era dejado sólo en la habitación que tenía un vidrio espejado detrás del cual miraban los miembros del BISCUIT Team.
Con el tiempo “PP” comprendió lo que los interrogadores querían oír: historias. Reales o no, era lo de menos. No querían que respondiera preguntas sino que les contara cosas, mientras más mejor. Les contó de su infancia, sus viajes, sus amigos, la gente del lugar, la comida, las costumbres, los chismes. A veces le daban de comer bien. Otras lo hambreaban. Eventualmente llegó al Nivel Uno: el más ameno y amable. No estaba encadenado, dormía en una cama con sabanas y frazadas. Tenía baño y a veces le traían unos Big Mac para comer con papas y gaseosas (los detalles si los guardias le preguntaban si deseaba agrandar su combo por 50 centavos permanecen inciertos). Veía películas, entre ellas “Héroes” y jugaba al fútbol al aire libre.
Luego, lo mandaron a aislamiento de nuevo. “PP” intentó suicidarse. En el hospital le preguntaron por qué hizo eso. Les preguntó por qué lo mandaron a “Isol” (Bloque de Aislamiento, por su nombre en inglés “Isolation”) de nuevo. Había fallado un test de polígrafo. Se lo hicieron diez veces más. Pasó todos bien y volvió al Nivel Uno.
Escribió una carta a su familia, porque con sus 18 años “PP” quería casarse, y les pidió que buscaran una buena chica afgana para él.
Eventualmente, los interrogadores sacaron de “PP” la información que necesitaban y lo enviaron a casa, con obligación de no hablar, y de colaborar (espiar) para las tropas de los EE.UU. en Afganistán.
Una tarde lo sacaron de la celda, lo subieron a un avión y lo llevaron a Kandahar. Lo recibió un grupo de delegados del Comité Internacional de la Cruz Roja y se fue a su casa.
Cuando fue recuperándose, PP hizo, al igual que otros, una serie de dibujos que ilustraban su detención en Guantánamo.
Estos son algunos de ellos
Pero la Convención contra la Tortura de Naciones Unidas, de 1984, que es expresión de una norma universal aplicable incluso a los Estados que no son Partes, no admite excepciones a la prohibición de torturar ni a la prohibición de enviar o permitir que se envíen personas a países donde cupiese afirmar que existe un riesgo objetivo de que corran peligro de sufrir torturas. Y tampoco admite excepciones basadas en la distorsión del lenguaje. (24)
A esta mordaza legal, se le suma la del dolor, miedo y angustia que manifiestan aquellos que han pasado por esta experiencia traumática. No todos los detenidos pueden encarar la penosa labor que implica recordar, ligar los eventos recordados entre sí, elaborarlos y transmitirlos a un interlocutor. Si bien para quien ha sufrido un evento traumático, relatarlo puede resultar un proceso catártico que da alivio, recordar los eventos una y otra vez implica revivirlos en toda su dimensión, en su sufrimiento y conmoción. No todos han podido enfrentar ese infierno dos veces.
Sin embargo, algunos de ellos han podido hablar. Sabir Lahmar, Mohammad Nechle, Boudella Al Haji, Mustafa Ait Idir, Abd Al Malik Al Wahab Omar Deghayes, Shafiq Rasul, Asif Iqbal y Rhuhel Ahmed, entre otros, han dado su relato a organizaciones como Amnesty Internacional, Human Rights Watch, Human Rights First, la Comisión Investigadora del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos y a estudios de abogados que han querellado al gobierno de los EE.UU. para liberar a los detenidos que ha sido posible contabilizar.
De los relatos de todos ellos surgen decenas de elementos comunes, que es posible condensar en un solo relato, el de un prisionero anónimo, capturado en una guerra sin fin, victima del vacío de la “Guerra Civil Legal”.
Nuestro prisionero-paradigma (“PP”) fue capturado cerca del 20 de noviembre de 2001 en el norte de Afganistán por tropas leales al Gral. Dostum. Su origen y afiliación con AlQaeda y los Taliban es desconocido. Sin embargo, es altamente probable que por su bajo rango en la escala de mando de estos últimos, haya sido conscripto en una leva forzada para servir en las primeras líneas de las fuerzas talibanes, cuyos líderes usualmente se quedaban en la retaguardia y en las ‘casas seguras’ –las cavernas- afganas. Las tropas de Dostum lo vendieron en unos quinientos dólares a un contratista civil estadounidense, quien a su vez los trasladó a las manos de un destacamento militar de los EE.UU. “PP” fue metido por los soldados afganos en un container de metal junto con otros 200 prisioneros. Un soldado se apiadó y les gritó: “Si se acomodan ahora no se retuerzan porque después no podrán moverse.” Los 200 fueron dejados al sol durante horas, hasta que un nuevo contingente fue traído y empacado en otro contenedor. Tenían las cabezas rapadas, señal de que habían sido encontrados culpables de espiar para o de matar con los Taliban. “PP” escuchó los gritos suplicando piedad hasta que comprendió lo que pasaba al oler el humo de rama de amapola seca y de pelo y carne quemada: los soldados habían prendido fuego bajo el container. “PP” se desmayó y eso le salvó la vida: en un intento de permitir que entrara aire al container los soldados de Dostum dispararon contra el container con sus ametralladoras hiriendo a algunos y matando a muchos. Ahora “PP” debía convivir con la sangre y vísceras de los muertos, que comenzaban a descomponerse al sol. El container fue subido a un camión y llevado por un camino de montaña hasta Sherbegan. Por la noche heló, por lo que “PP” tuvo oportunidad de tomar algo de agua lamiendo los costados condensados de la caja de metal. Al llegar a Sherbegan sólo 20 de los 200 habían sobrevivido: tuvieron que cavar pozos para los muertos y llevar hasta allí los cadáveres. Luego fue encerrado en una celda de 10m x 10m junto con otros 70 hombres.
La primera semana de cautiverio sólo tenía para comer un pedazo de pan del tamaño de la mitad de su mano y un vaso de agua por día. A los cinco días, llegó un delegado del CICR y se les proveyó de más comida, agua, sandalias de plástico y frazadas. El CICR también dejó un container con grano para alimentar a los prisioneros, pero el grano fue robado por los soldados de Dostum bajo la mirada impasiva de los estadounidenses. Todos los prisioneros comenzaron a juntar piojos y liendres, se propagaron los casos de diarrea y disentería. Al cabo de dos semanas, los prisioneros vivían literalmente sobre un piso de sus propias heces y desechos.
En Sherbegan estuvo detenido sólo 30 días, durante los cuales recibió una visita del CICR y pudo intentar contactar a sus familiares. El CICR tomó sus datos y lo hizo registrar en los libros de la prisión, una vieja fortaleza de unos 3 siglos de antigüedad. El 28 de diciembre, un equipo de las fuerzas especiales de los EE.UU. arribó a la prisión. “PP” fue llevado con otros detenidos al patio de la prisión en plena noche, aún sufriendo de disentería. Fue desnudado y los soldados hicieron una exhaustiva búsqueda en su cuerpo, incluyendo una brutal ‘inspección de cavidades’. Al rato comenzó a sufrir los efectos del frío y para cuando se le permitió vestirse de nuevo, ya estaba sufriendo de hipotermia.
“PP” no fue llevado a su celda sino a un cuarto para ser interrogado. Fue esposado de pies y manos, y obligado a arrodillarse frente a un soldado estadounidense quien comenzó a hacerle preguntas mientras otro soldado le apuntaba con un rifle de asalto M-16 a la cabeza. El interrogatorio duró sólo 10 minutos, en los cuales el soldado le preguntó que hacía en la prisión y como se sentía. “Muy asustado”, dijo “PP”. “No es nada comparado con lo que te podemos hacer” le respondió el soldado en inglés. Luego fue sacado al patio, donde ya amanecía y sentado con una bolsa de tela en la cabeza junto a otros prisioneros, aproximadamente 50, durante cerca de 4 horas. Mientras tanto, los soldados de los EE.UU. pasaban entre ellos pegándoles y diciendo cosas como “Hijo de puta! Mataste a mi familia en las torres, ahora me la vas a pagar”.
Luego fueron arrastrados cara al piso hacia unos camiones a los que fueron subidos, todavía con la cara tapada. Viajaron durante unos 45 minutos. Luego debieron esperar en los camiones mientras oían a los soldados estadounidenses hablar de que los ‘pájaros’ llegarían a las 18.00 horas.
“PP” fue subido a un avión de carga, sentado con las piernas esposadas por precintos de plástico y estiradas hacia delante, con las manos esposadas en la espalda y encadenadas a un gancho. Cada vez que intentaba acomodarse, era golpeado en la cabeza o los riñones con la culata de un rifle o con un bastón tipo TONFA. Durante el viaje heló y los guardias les tiraban agua a la nuca para aumentarles el frío. Al arribar a Kandahar, fueron bajados del avión y colocados en semicírculo detrás de una de las turbinas, aún encendida a poca potencia: un oficial médico discutía con otro estadounidense acerca de que era “muy peligroso” dejar a los prisioneros con hipotermia.
Unos minutos más tarde, se los ató con una soga de cordel fino muy apretada y la cadena humana fue obligada a caminar por Kandahar casi durante una hora, descalzos por un camino de piedra. Luego fueron ubicados en una tienda y obligados a arrodillarse en el piso de piedras con la cara apretada contra el piso de piedras con un rifle de asalto. Allí le preguntaban una y otra vez quién era y qué hacia en Afganistán. Cada vez que respondía, le pegaban y le decían “No me mientas hijo de puta!”. Luego fue interrogado varias veces por períodos de media hora cada interrogatorio. Hacía casi 72 hs. que no comía y 24 hs. que no bebía agua. En uno de los interrogatorios, el interrogador tenía en el escritorio varias botellas de Agua Nestle y bebía constantemente, invitando a los guardias por sí tenían sed. “PP” pidió agua y el interrogador le dijo que no tenía, a pesar de que él veía las botellas delante suyo.
Al final de la 4ª sesión de interrogaciones, le sacaron fotos, huellas digitales, mapa de dientes y una muestra de ADN a través de la saliva y cabello.
Luego del primer interrogatorio los soldados le llevaron pan con manteca de maní y comenzaron a insistir que tomaran grandes cantidades de agua.
Luego fue llevado a otra tienda de interrogación donde el interrogador no le hizo una sola pregunta sino que comenzó a gritarle que pertenecía a AlQaeda. Cuando “PP” contestaba que no era así, el guardia lo golpeaba en los riñones, hasta que “PP” eventualmente perdió el control de la vejiga y se orinó. Entonces comenzaron a gritarle que era un animal, que sólo los animales orinaban en cualquier lado y lo obligaron a salir de la tienda caminando en cuatro patas con una correa atada al cuello.
Algunas horas después fue interrogado nuevamente, esta vez por oficiales de inteligencia británicos, que se identificaron como del SAS, de Scotland Yard y de INTERPOL respectivamente. El interrogatorio fue breve: arrodillado en el piso de arena, con algunos vidrios y alambres esparcidos, los interrogadores una y otra vez le decían que sus compañeros habían admitido pertenecer a la red terrorista Al Muhajeroon. Repreguntaban por qué había viajado a Europa en tal o cual ocasión y por qué había viajado a Afganistán y le decían que si no confesaba lo llevarían a alguna prisión de la que no saldría nunca: Guantánamo, Belmarsh o a alguna en Egipto o Siria.
Cada vez que “PP” se dormitaba, los guardias lo despertaban. Muchas veces lo levantaban y le decían: “Listo, por pelotudo ahora te vas para Guantánamo”. Lo hacían caminar unos metros y luego lo hacían volver a su tienda. Si se dormía, lo despertaban de nuevo: “¿Ves? Ahora te mandamos a un pozo en Israel”. Y volvía a su tienda.
Finalmente una noche lo pusieron a caminar en la oscuridad por un campo hacia una luz que brillaba a lo lejos. A la mitad del camino oyó un “Agarralo!” y alguien soltó un perro de asalto para que le diera caza. “PP” corrió, pero como estaba atado de pies y manos, rápidamente el perro lo agarró. Era un ovejero alemán de unos 80 kilos de peso. El perro quiso morderle la cara y se oyó un silbato. El perro lo tomó con el hocico de la garganta y no lo soltó hasta que llegó el guardia. El guardia lo obligó a ponerse de pie y le dijo “Sos un gatito maricón”. Luego lo subieron a un camión y fue llevado a una base aérea desconocida.
Allí lo desnudaron y realizaron una ‘búsqueda de cavidades forzada’ alegando que “PP” había escondido en su ano elementos cortantes, “como hicieron tus amigos el 11-S”. Luego le pusieron pañales, le metieron un supositorio y le pusieron anteojos de ski pintados de negro, un barbijo tipo quirúrgico en la cara, guantes de felpa muy gruesos en pies y manos y un par de auriculares anti-ruido. Como resultado, “PP” no tenía casi ninguna sensación del mundo exterior.
Eventualmente todo el grupo fue subido al avión de transporte y fueron sentados en la misma posición dolorosa de antes. El viaje duró muchas horas con un frío terrible. En un momento los guardias le acercaron una MRE (Comida Lista Para Comer, de sus siglas en inglés “Meal Ready to Eat”), pero por la posición en la que estaba sentado “PP” no pudo casi ni abrir el paquete. Los guardias dejaron la comida en su regazo hasta que se enfrió. Luego le dieron pan con manteca de maní y sándwiches con manteca y mermelada y pedazos de mandarina. Finalmente el avión aterrizó y “PP” se despertó en un lugar muy caliente, con mucha luz, mucho calor y mucho sol. Las esposas en su manos estaban apretadas con tanta fuerza que al final de su cautiverio “PP” perdió la sensibilidad en la mano izquierda.
En febrero de 2002 “PP” llegó a Guantánamo. Al bajar del avión le dieron un traje naranja de una pieza y lo hicieron pasar por una puerta con un cartel que decía “Guantánamo Bay Naval Base”. Tras la puerta había un soldado alto y grande que le dió un puñetazo en el estómago que lo hizo doblarse mientras le gritaba “Ahora sos propiedad del Cuerpo de Infantes de Marina de los EE.UU. pedazo de mierda”. Otros dos guardias lo agarraron mientras estaba doblado, lo mantuvieron en esa posición y lo obligaron a caminar. La contractura abdominal lo obligó a intentar incorporarse pero los guardias lo impidieron. Entonces su estómago sufrió un calambre y “PP” trastabilló. Uno de los guardias lo golpeó con un bastón y le roció spray de pimienta MACE en la cara, diciendo que había tratado de escapar. Irritado y tosiendo “PP” fue llevado a una celda.
Durante días “PP” permaneció solo en la celda, en el Campo X-Ray. Le daban de comer unas galletitas por día y bebía de un pequeño cubo de agua parecido al de un perro. Su celda, una de las 60 del Campo X-Ray, media 2m x 2m, estaba hecha de alambre y cubierta por metal corrugado. Había un jabón, 2 toallas, una sábana, pasta dental, shampoo y una manta aislante para dormir en el piso. Había también un cubo para que hiciera sus necesidades fisiológicas. Durante ese tiempo los guardias no le daban nada más de comer, no lo dejaban dormir y recurrían permanentemente al ‘registro de cavidades’ buscando humillarlo. La mayor parte del tiempo, debía permanecer al sol, arrodillado en posiciones dolorosas con los accesorios de privación sensorial (APS) puestos. No bebía agua en ningún momento en las horas de sol aunque de vez en cuando alguien le mojaba los labios con un trapo húmedo. Solamente los que se desmayaban recibían suero intravenoso. El agua era un privilegio que los prisioneros debían ganarse cooperando, le explicaron.
Cada tantos días, los guardias lo llevaban a un cuarto y lo desnudaban, pero dejaban los APS puestos. Luego una mujer lo examinaba táctilmente, lo cual muchas veces incluía un estudio testicular extenso y una búsqueda de cavidad anal. Para “PP” esto era expresamente humillante ya que como hombre musulmán, la humillación sexual y el contacto no deseado con una mujer, así como los pensamientos sexuales que le provocaba la mujer lo humillaban y lo hacían sentir impuro. Para arrepentirse, “PP” se sentaba a orar pero cada vez que lo hacía los guardias entraban y lo golpeaban diciéndole que “Tu Dios de mierda ya te abandonó, por eso estás en el infierno”.
El único contacto que tenía con personas que le hablaban era con los constructores del campo, obreros con rasgos fenotípicos que describe como “de Asia del Este” y que, descubrió luego ganaban un dólar la hora y trabajaban 12 horas al día. Uno de ellos le sopló el nombre de la empresa constructora: Halliburton.
En su celda entraba el calor del día, el frío de la noche, la lluvia, las ratas, serpientes y escorpiones. Toda el área del Campo X-Ray estaba inundada de luces de estadio de fútbol que al caer el sol iluminaban el campo como si fuera de día, dificultando el intento de dormir. Luego le sacaron sus ‘ítems de confort’: cepillo de dientes, shampoo, jabón y la sábana para la ‘cama’. “PP” supone que lo hacían sabiendo lo importante que es para la religión musulmana la higiene corporal y la limpieza del ámbito vital de la persona. Esa es la misma razón por la que supone que los guardias se negaban, en más de una ocasión a llevarlos a la letrina para defecar. Como muchos de ellos estaban enfermos de disentería y de diarrea, a los pocos días el Campo X-Ray entero era pestilente. El enterizo naranja también parecía haber sido diseñado para mortificarlo en sus creencias: por un lado, el color naranja y el rojo señalan al condenado a muerte en el mundo islámico. Por el otro, el enterizo tenía un tajo sobre el costado casi a lo ancho de toda su extensión. Por esa razón, cuando el detenido se arrodillaba para rezar –las pocas veces que se le permitía-, su regazo y genitales quedaban al aire, algo absolutamente prohibido por la religión. De todas formas, los prisioneros tenían prohibido llamar al rezo, leer el Corán o arrodillarse en dirección a la Meca, que tampoco sabían hacia dónde quedaba. De la misma manera lo humillaban al acercarle perros permanentemente: el perro es un animal temido por su fiereza pero además considerado impuro en el mundo musulmán.
Esto llevó a la primera huelga de hambre del campo, que fue resuelta cuando las autoridades les permitieron rezar, les dieron ejemplares del Corán y les indicaron con flechas la dirección de la Meca.
Sin embargo, “PP” sentía esas y todas las cuestiones relacionadas con los malos tratos como preparación y “ablande” para los próximos interrogatorios.
Estos comenzaron unos días después de la llegada de “PP” a Guantánamo. Una mañana fue introducido esposado a una celda. Lo sentaron en una silla y le ataron los pies y las manos a un gancho en el piso. Luego los guardias se fueron y lo dejaron sentado durante unas 8 a 10 horas. Cuando lo liberó, uno de los guardias le dijeron que esa noche no le darían de comer, “por no haber cooperado con los interrogadores”. Lo mantuvieron despierto toda la noche pateándole la puerta, entrando a cada rato a revisar su celda y haciendo ladrar perros a su alrededor.
Hambriento y deshidratado, al día siguiente lo llevaron al mismo cuarto. Lo ataron al gancho de pies y manos, las manos colocadas por debajo de las rodillas, posición que le causaba un profundo dolor. Subieron el aire acondicionado hasta 5 o 6 grados y lo dejaron solo durante 4 horas. Luego moderaron el aire y entraron varios interrogadores: durante horas le hicieron una sola pregunta “¿Por qué pertenecés a AlQaeda?, ¿Por qué querés matar estadounidenses?”. Al principio “PP” intentó responder que no era de AlQaeda y que nunca había querido matar a nadie. Pero a los interrogadores no les interesaba lo que él tenía para decir. Cada vez que respondía insistían con la misma pregunta. Tras 14 o 16 horas de interrogatorio, lo levantaron y lo llevaron a su celda.
El tratamiento nocturno se repitió igual que la noche anterior.
A las horas, “PP” es llevado a ser interrogado de nuevo. Le toman el pulso, controlan sus signos vitales. Las esposas y cadenas están muy ajustadas y eso le produce heridas y llagas en tobillos y manos. Se queja con el oficial médico quien le dice “No te vas a morir…”. Lo sientan a la silla del cuarto de interrogación y lo atan al gancho del suelo. Una hora después entra el interrogador. Ordena que lo suelten del suelo. El interrogador intenta con la técnica del “Solitario”, que consiste en decirle que se ha quedado solo, que sus amigos confesaron y están libres en su casa. Que su familia lo rechaza porque los ha humillado y que sus amigos tampoco lo quieren ver más. El interrogador le pregunta si no se siente solo, si le gusta estar solo. Al rato, otro interrogador ingresa al cuarto. Tiene mayor rango que el primero, es brutal y grosero. Lo tira al piso y lo ata al gancho otra vez. Le grita, ante la mirada del primer interrogador. Le pregunta constantemente por Al Qaeda y por Osama Bin Laden: “¿De donde los conocés?, ¿Dónde están?, ¿Por qué los encubrís?” el otro interrogador interviene, ahora están usando la técnica del policía bueno-policía malo. “PP” esta agotado, se cae para un lado por el sueño. Pide agua. El interrogador “bueno” le acerca un poco. El “malo” interviene. No se la da, se la derrama en la nuca. “Hijo de puta, mis amigos en las torres no tuvieron agua cuando los quemaste vivos”. Ordena que liberen el cuarto. Le grita que es un animal, peor que un animal y que un animal se portaría mejor que él porque el perro reconoce el bien del mal y protege a la gente. Comienza a enseñarle lecciones de entrenamiento canino: ¡vení!, ¡andá! ¡echáte! ¡ladrá!, para elevar su estatus social al de un perro. “PP” se pone molesto. El interrogador le dice “Dale, mordeme, ¿ves que sos un perro?”. Al rato lo mandan a su celda. En el camino le muestran una familia de ratas alrededor de un nido. Le dicen: “¿Ves? Son mejores que vos. Son libres y se cuidan las unas a las otras, vos sos menos que ellas”.
Lo meten en su celda y al rato aparece otro interrogador. Le dice que su cuarto es un asco, una vergüenza. Le dice que hasta que no coopere no se puede ir de ahí, que si elige vivir su vida en esa miserable caja es por culpa suya. Esta usando la técnica del “Daño Autoinflingido”: “Si seguís acá es porque elegís portarte mal. Si fueras de verdad bueno cooperarías con nosotros y nos ayudarías a agarrar a los malos y te irías de aquí”. El guardia le dice que limpie el cuarto. Le tira todas las pertenencias afuera y le ordena que las recoja. “PP” sale a buscarlas pero el guardia lo patea y grita que se está escapando. Aparece el ERF, Extreme Reaction Force -Fuerza de Reacción Extrema- compuesta por 5 a 8 guardias de más de 1,80 metros de altura, 100 a 120 kilos de peso, armados con gas MACE y bastones TONFA, protectores bucales, rodilleras y coderas de plástico, cascos y manoplas de KEVLAR. Le saltan encima, lo someten de pies y manos y lo golpean en la espalda con las TONFA. Le dicen: “El mundo no sabe que estas acá, a nadie le importa una mierda si estas acá, a nadie le interesa si vivís o te morís. Te vamos a matar y nadie se enterara, al contrario, los que se enteren van a estar felices”. Lo maniatan y lo llevan a una celda de aislamiento.
“PP” es ubicado en el bloque “Tango”, reservado para detenidos de “Nivel 4” o sea, de máxima peligrosidad o de bajísima cooperación. Las celdas son similares a un baño químico de obra, solamente que de dos metros de largo y de metal.
La celda de “PP” tenía un equipo de Aire Acondicionado que no funcionaba y estaba casi por completo aislado. El techo era de plástico grueso pero transparente. Hacía mucho calor en el interior, que estaba mal pintado de verde, tenía olor a excremento y estaba oxidado en los bordes. El calor superaba los 50 grados. Casi no podía acostarse porque no entraba en el espacio. Por la noche entraba el frío y los guardias encendían el aire acondicionado por lo que helaba. “PP” no tenía mantas ni frazadas por lo que simplemente se congelaba por la noche y se deshidrataba por el calor. Para beber, lamía -como en Afganistán- las paredes. Durante las dos semanas que estuvo así no lo interrogaron.
Repentinamente, una mañana lo llevaron a ser interrogado. Los guardias le ofrecieron agua. “PP” aceptó. Se la derramaron en la cabeza. La sesión comenzó de nuevo con la técnica del “Miedo Brutal”: amenazarlo constantemente con castigos peores, gritarle, golpear el mobiliario cerca de él. Uno de los guardias rompió una silla al lado suyo, pero sin tocarlo. Luego volvieron las preguntas, usando la técnica de la “Metralla de preguntas”: preguntar casi las mismas cosas sin parar y sin darle tiempo de responder:
“¿De donde venís?, ¿Conocés a Khalid Sheik Mohammed?, ¿Conocés a Osama Bin Laden Bin Laden Laden?, ¿De donde venís?, ¿Conocés a Khalid Sheik Mohammed?, ¿Conocés a Osama Bin Laden Bin Laden Laden?, ¿De donde venís?, ¿Conocés a Khalid Sheik Mohammed?, ¿Conocés a Osama Bin Laden Bin Laden? Turnándose, los guardias lo tuvieron así casi 10 horas. Luego lo dejaron con música a alto volumen: una cinta sin fin de la canción In the Rivers of Babylon del grupo Booney M y tras dos horas de eso lo llevaron a otra celda, donde había un retrete y una manta para dormir.
Mientras pasan los días, los guardias le recuerdan permanentemente que nadie lo quiere, que nadie lo ama, que nadie lo recuerda. Que va a morir solo y solamente es por su culpa, por no querer hablar. Luego otros le dicen que su familia le escribió cartas pero que no se las pueden dar por su nivel de seguridad. Que su familia lo ama y lo extraña. Que coopere y podrá salir de allí y reunirse con ellos. Otra vez le dicen que confiese ser un combatiente de Al Qaeda, y que por disposición de las Convenciones de Ginebra podrá salir liberado cuando la guerra termine, a pesar de que ya le han dicho que las Convenciones de Ginebra no aplican para él ya que es un combatiente enemigo y que “no tiene derechos”.
Cada día trae una nueva rutina: ahora los interrogadores le reprochan lo malhumorado y poco colaborativo que está. Para escalar sus emociones hacen una máscara con un SMILE con la tapa de una comida tipo MRE y se la ponen en la cara. Le hablan bien, con amabilidad a la tapa. Luego se la sacan y le gritan. Un sargento le explica que la gente habla bien con quien es amable y se porta bien, no con quien es irrespetuoso. El interrogador le dice que no responder es irrespetuoso y humillante. Le vuelven a poner la careta. Vuelven al mismo juego. Luego inflan un guante de látex y lo usan para rozarlo contra su cara. “PP” permanece atado al piso pero le molesta el juego. Los interrogadores lo notan y siguen haciéndolo una y otra vez. Luego lo hacen parar y le dicen que están hartos de su mal humor. Comienzan a enseñarle pasos de baile, ponen música y bailan durante media hora, diciéndole que ponga atención. Luego le ponen la máscara de nuevo en la cara. “PP” comienza a gritar. Le preguntan qué quiere, y si es que tiene algo importante para decir.
Luego de eso lo mandan a un cuarto y lo encierran. Encienden luces estroboscópicas y ponen música electrónica muy fuerte. Lo dejan ahí por 10 u 12 horas. Esto lo hacen varios días seguidos. “PP” comienza a atener problemas para oír.
Otra vez, “PP” fue llevado a otra sala de interrogatorio. Le mostraron un video del 11-S, y otro de AlQaeda. Le preguntaron varias veces que opinaba de ese video. Le decían lo grande que era AlQaeda, cuán poderosa era por haber podido golpear tan violentamente el corazón de los EE.UU. y lo invitaban a hablar con ellos “de militar a militar” y lo desafiaban a ver quien sabía más de estrategia y táctica. Usaban una de las pocas técnicas no ilegales de interrogatorio: el “Ego arriba-ego abajo”. Cuando se negaba a hablar, entonces comenzaban a insultarlo y a preguntarle por qué no hablaba, si era un hombre y por qué defendía a sus líderes, que lo habían dejado solo y abandonado en este pozo.
Después de eso lo llevaban a una celda común. Casi no lo dejaban dormir. A las cinco o seis horas lo llevaban a interrogar de nuevo. Lo ataban al piso. Le decían lo maleducado que había estado por no cooperar con ellos, que su falta de respuestas sinceras era humillante y los avergonzaba. Que ellos habían puesto las manos en el fuego por él, diciendo a sus jefes que valía la pena tratarlo bien porque él era un elemento valioso y una persona con la que se podía hablar y el los había decepcionado. Le decían que sus pocos amigos habían muerto y que sus líderes lo habían abandonado. “¿Por qué los defendés si ya no les interesas?” le preguntaban. Esa técnica se conoce como “Enfoque de la Futilidad”.
Luego lo trasladaron al Bloque Oscar, donde lo tuvieron dos días sin comida y un poco de agua. Le llevaban comidas tipo MRE las cuales casi no podía abrir por estar esposado. Al minuto o a los dos minutos, le sacaban el plato y le decían que si no quería comer, por ellos estaba bien.
Para ese momento recibió la primera visita del CICR. El delegado se entrevistó sólo con él en un cuarto y le hablo con suavidad y claridad. Le dijo que sabía que lo estaban maltratando y que no se preocupara, que no diría que él había hablado, pero que podía contarle lo que le estaba pasando. “PP” tenía miedo y no quiso hablar. El delegado le ofreció agua y una barra de cereales y una fruta. “PP” las comió con desesperación. Sin que lo viera, el delegado anotó en su cuaderno una posible manipulación dietaria. El delegado le preguntó por su familia, si estaban al tanto que él estaba acá. “No tengo idea” dijo “PP”. El delegado anotó unos nombres y direcciones y le dió papel y lápiz para que escriba una carta. “Estoy en custodia de los estadounidenses” puso en el papel. El delegado se retiró y le dijo que volvería. Le preguntó por último si le habían explicado sus derechos bajo las Convenciones de Ginebra. “PP” puso cara de nada. El delegado tomo rápida nota.
Los estadounidenses lo llevaron a otra celda. Le dijeron que era un traidor, que le había contado al CICR muchas cosas falsas, que los habían denunciado, que era un mal amigo. Le dijeron además que el delegado del CICR, igual que algunos abogados que defendían a algunos de los detenidos era “judío”. “¿Cómo podés confiar en un judío? ¿Estás loco?” le preguntaban. Una tarde lo envolvieron en una bandera del Estado de Israel mientras le preguntaban una y otra vez lo mismo y le decían “Amigo de los judíos”. Que ahora lo devolverían al Gral. Dostum para que lo “ate a un palo y lo cueza a las brasas”. Que ellos lo habían salvado de las manos de Dostum y así les pagaba. Querían saber qué le había dicho al delegado, y “PP” les contó todo. Igualmente lo llevaron a otra celda de aislamiento y luego de vuelta a un bloque común.
Al volver allí “PP” les preguntó que había pasado, si había hecho algo bien. “Parece que dijiste algo que ayudó a matar enemigos” le dijo un guardia, “pero no sé nada más”. “PP” no sabía que podía haber dicho de utilidad, ya que no había estado en combate, sólo había sido chofer de unos grupos de talibanes y sólo había hablado de su estadía en Afganistán, de caminos, cuevas, geografía más que nada. Les había respondido qué significaba tal o cual expresión en farsi pero nada más. Pero el mensaje estaba claro: si ayudabas, si hablabas, la pasabas mejor.
A las dos o tres semanas volvió el delegado del CICR. Llevó consigo un folleto y le explicó el rol del CICR en los conflictos armados: preservar la vida de los detenidos, proteger su integridad, velar por que se respeten las Convenciones de Ginebra, establecer contacto con las familias de los detenidos, proveerlos de medicina o comida en casos extremos. El delegado no podía hablar en público de lo que veía, ni denunciar públicamente. Si se violaban esas normas, le explicó, los estadounidenses podían no dejarlo volver. Le explicó qué eran las Convenciones de Ginebra y los derechos que tenía bajo ellas. Hablaron casi una hora. Para “PP” fue medicina, o mejor.
A los pocos días los llevaron a un patio de ejercicios. Les permitirían ejercitarse 15 minutos al día, a raíz de las protestas del CICR a las autoridades del campo. También les dieron libros y les llevaron películas: El Naufrago, El Campo de los Sueños, Liberen a Willy, etc. “PP” recibió varios libros y se le permitió tenerlos en su celda. También le dieron una frazada para el frío, una botella de agua al día, un ejemplar del Corán en árabe y pintaron en el suelo de su celda una flecha que indicaba la dirección de La Meca.
Durante las noches no lo dejaban dormir, por ruidos indirectos que provocaban, como encender las luces, hacer simulacros de intento de escapatoria, encender sirenas y alarmas. A los dos días lo llevaron a interrogar de nuevo. Le mostraron un video de Osama Bin Laden y le dijeron que se notaba clarísimo que entre los ayudantes estaba él. Sí o sí tenía que admitirlo, decían. El no respondió. El interrogador se puso furioso. Le decía: “Sos un hijo de puta!, mataste a toda esa gente, conoces a ese tipo y no nos decís nada, te tratamos bien y no nos decís nada pedazo de mierda”. El interrogador tocó un timbre y entro nuevamente el equipo ERF. El interrogador dijo que había tratado de escapar. El ERF le saltó encima, un guardia a la cabeza, otro a los pies, otro a la cadera y otro a los pulmones. Lo aplastaron al piso, cara hacia abajo. Lo llevaron a una celda de aislamiento. “Mis libros” alcanzó a decir “PP”. “Este es el único libro que vas a tener” dijo un ERF mientras lo golpeaba con su TONFA en los riñones. “Viniste acá a ser castigado, no a entretenerte”.
Lo dejaron en aislamiento durante dos semanas. Catorce horas al día ponían música estridente por los parlantes. Por la noche encendían el aire acondicionado. Le dieron de comer una especie de sopa de avena con gusto a orina. No le daban agua. Las luces se encendían 24 horas al día. A veces se apagaban por períodos de dos o tres minutos, donde caía medio dormido y se encendían de nuevo. Al término de las dos semanas lo llevaron a un cuarto de interrogatorio. Había tres interrogadores. Lo ataron al piso, en una posición dolorosa. Durante las tres primeras horas no le hicieron preguntas ni le hablaron siquiera.
Hablaban entre ellos sobre si valía la pena mantenerlo vivo o no. Luego le
mostraron fotos de gente. Algunos eran obvios: Madonna, Henry Kissinger, George Bush. Otros eran desconocidos: gente en shoppings y malls de los EE.UU. e Inglaterra haciendo compras. Le preguntaban que sabía de ellos.
-“Nada”.
-“¿Nada?!!!!!!! ¿No sabés acaso que Madonna hace música?”
-“Sí, eso sí”,
-“Bueno entonces no digas nada, sabes algo así que decínoslo. Lo que no nos digas te vas a arrepentir”.
Empezaban de vuelta las fotos. “Osama Bin Laden” dijo al ver la cara del líder de AlQaeda. “Ves que lo conocés hijo de puta!” gritó el oficial más agresivo. Sacó su Beretta 9mm y se la apuntó a la sien. Amartilló. Colocó el gatillo hacia atrás. “No!” gritó “PP”. “Confieso lo que quieran, no me maten, confieso lo que quieran”. “¿Vas a confesar de una puta vez que sos de AlQaeda”. “Sí, sí, sí, soy de AlQaeda, sí, lo admito, por favor no me maten”. El oficial gatilló. El arma estaba vacía.
“PP” comenzó a llorar, luego se desmayó. Le dieron una patada en una pierna y lo arrastraron los ERF a su celda. La técnica de la “Falsa ejecución” había dado resultado. “PP” estaba ya bajo control psicofísico de sus captores.
“PP” fue colocado en una celda de aislamiento nuevamente, luego de ser duchado por un minuto con una manguera antiincendio. Con el pelo mojado, prendieron el acondicionador de aire de su celda a 4 grados, aún cuando había un cartel en el aire acondicionado que indicaba que no debía ser puesto a menos de 18 grados. Luego de tres horas, lo llevaron a otro cuarto donde había otro aire acondicionado a la misma temperatura. Lo ataron de pies y manos en el piso, en la posición dolorosa y lo dejaron por 4 horas. Al rato entró un investigador -el Sr. Smith- a quien “PP” ya había visto varias veces. Al entrar Smith dijo: “Está lindo y fresquito acá”. Smith quería que “PP” mirara unas fotos para identificarlas. Primero le mostró varias revistas pornográficas. “Mira, vas a ver conchas [sic en el original] de nuevo…”, luego sacó fotos de sospechosos de terrorismo y se las mostró. El proceso duró unas 6 u 8 horas y Smith parecía querer usar las revistas pornográficas para premiar a “PP”, pero parecía consciente de la humillación que le producía. Al final de la sesión, “PP” terminó engripado pero el interrogador no permitió que recibiera medicación.
En los meses siguientes “PP” fue interrogado por agentes militares, contratistas civiles de la empresas TITAN Corporation y CACI International, por agentes de inteligencia británica, por agentes que se identificaron como miembros del Mossad Israelí pero que según “PP” no parecían israelíes, por agentes del equipo Hercules Team de la policía de Nueva York, por agentes del MI5 británico, por oficiales de la embajada británica, por agentes del CDI (División de Inteligencia Criminal del ejército de los EE.UU.), por agentes de la NSA, de la CIA, de la MID, de la MST y la ARTF. En ocasiones lo interrogaban en un cuarto con aire acondicionado encendido al máximo. En otras lo dejaban varias horas al sol y luego lo interrogaban en un cuarto al calor mientras los interrogadores tomaban agua. En algunas ocasiones lo ataban de pies y manos al piso, otras por la espalda y cervicales a un gancho en el techo, otras a un gancho en la pared a su espalda, con un gancho que dejaba a las manos a la altura de los hombros. Algunos interrogatorios duraban 14 horas, luego era llevado a su celda y no se le permitía dormir.
Cuando finalmente se dormía lo despertaban a las horas y lo interrogaban de vuelta. A veces lo dejaban 4 a 6 horas en un cuarto con música atronadora y a todo volumen, otras debía pasar días encadenado en una celda con los artículos de privación sensorial puestos. En uno de los interrogatorios apareció una mujer, que comenzó a desnudarse y a simular que se masturbaba mientras le hacía preguntas. “PP” no quería mirarla por temor a ser humillado por motivos religiosos. Pero la mujer quería que “mirara” algunas fotos. Se entreabrió la blusa y las colocó a la altura de su escote, entre sus pechos. “PP” no abrió los ojos. La mujer dijo que si no miraba las fotos los ERF lo “ERFearian” (sic). “PP” las miró y entonces el guardia que estaba parado atrás le pego una patada en la espalda que lo tiró al piso mientras le gritaba “¿Qué hacés mirando a mi novia hijo de puta?”. En otra de las interrogaciones le ofrecieron mandarlo de vuelta y pagarle “una buena cantidad de dólares de por vida” para espiar para ellos. Esto parecía interesarles mucho. Insistieron. En otra ocasión le dijeron que si no espiaba para ellos traerían a su familia aquí y no serían tan buenos con ellos como con él. De todas formas, las condiciones del aislamiento a las que estaba sometido hacían que las sesiones de interrogación le hicieran bien: en cierto sentido era tener algo de contacto humano.
“PP” recuerda que los soldados con mejor trato hacia él eran los de origen puertorriqueño. Uno de ellos, a escondidas le pasaba gajos de mandarina y le pedía disculpas. “No todos los estadounidenses somos así”, le decía “…yo entré a la Guardia Nacional para poder juntar plata e ir a estudiar y odio tener que hacer esto, nunca me dijeron que tendría que hacer esto. Por mi me iría al carajo ya.”
En algunas ocasiones “PP” trastabillaba o caía al piso a raíz de lo débil que estaba y lo rápido del paso de los soldados, cosa que además debía hacer mirando al piso. En esas ocasiones los soldados sonaban un silbato y aparecían rápidamente los ERF. En ocasiones el silbato sonaba porque sí.
Algunas veces el interrogatorio consistía solamente en atarlo al piso y proyectar tres o cuatro veces seguidas algún documental sobre el 11-S, en especial el magnífico y único “11 de septiembre” de los hermanos Jules y Gedeon Naudet. “PP” era dejado sólo en la habitación que tenía un vidrio espejado detrás del cual miraban los miembros del BISCUIT Team.
Con el tiempo “PP” comprendió lo que los interrogadores querían oír: historias. Reales o no, era lo de menos. No querían que respondiera preguntas sino que les contara cosas, mientras más mejor. Les contó de su infancia, sus viajes, sus amigos, la gente del lugar, la comida, las costumbres, los chismes. A veces le daban de comer bien. Otras lo hambreaban. Eventualmente llegó al Nivel Uno: el más ameno y amable. No estaba encadenado, dormía en una cama con sabanas y frazadas. Tenía baño y a veces le traían unos Big Mac para comer con papas y gaseosas (los detalles si los guardias le preguntaban si deseaba agrandar su combo por 50 centavos permanecen inciertos). Veía películas, entre ellas “Héroes” y jugaba al fútbol al aire libre.
Luego, lo mandaron a aislamiento de nuevo. “PP” intentó suicidarse. En el hospital le preguntaron por qué hizo eso. Les preguntó por qué lo mandaron a “Isol” (Bloque de Aislamiento, por su nombre en inglés “Isolation”) de nuevo. Había fallado un test de polígrafo. Se lo hicieron diez veces más. Pasó todos bien y volvió al Nivel Uno.
Escribió una carta a su familia, porque con sus 18 años “PP” quería casarse, y les pidió que buscaran una buena chica afgana para él.
Eventualmente, los interrogadores sacaron de “PP” la información que necesitaban y lo enviaron a casa, con obligación de no hablar, y de colaborar (espiar) para las tropas de los EE.UU. en Afganistán.
Una tarde lo sacaron de la celda, lo subieron a un avión y lo llevaron a Kandahar. Lo recibió un grupo de delegados del Comité Internacional de la Cruz Roja y se fue a su casa.
Cuando fue recuperándose, PP hizo, al igual que otros, una serie de dibujos que ilustraban su detención en Guantánamo.
Estos son algunos de ellos


Unos 600 detenidos, permanecen en Guantánamo en las mismas condiciones que “PP”, en este mismo instante. A pesar de Guantánamo, pero a raíz de Guantánamo, “PP” decidió hablar.
Sin embargo, no fue el único.
La defensa de los Derechos Humanos: la quinta columna, los abogados y la prensa.
Puede resultar sorprendente -o no- pero las primeras denuncias sobre el régimen de detenciones y de apremios ilegales en Guantánamo y demás locaciones a cargo del gobierno de los Estados Unidos vinieron directamente del mismo corazón de la comunidad militar y de inteligencia estadounidenses.
El periodista investigador Seymour Hersh relata en su libro Cadena de Mando (25) el periplo que recorrió por los pasillos de la Casa Blanca el primer memorando en el que se consignaban oficialmente las torturas en los campos de detenidos. Según Hersh a fines del verano boreal de 2002 un agente de la CIA visitó Guantánamo para evaluar las razones por las que la inteligencia que salía de la base no era productiva ni confiable. El analista hizo más que eso: cuando presentó su informe, criticó duramente las condiciones de detención y la forma de interrogar a los prisioneros. Los prisioneros eran detenidos al azar en una estrategia que intentaba juntar las piezas de un rompecabezas sin ningún orden ni plan. Si las piezas encajaban, bien. Si no, mala suerte.
El informe del analista vagó por los pasillos del Departamento de Defensa de los EE.UU. hasta que llego a manos del General John A. Gordon, miembro del equipo de Condoleezza Rice. Gordon quedó impresionado por el informe y decidió empujarlo hacia arriba en la escala zoológica de la Casa Blanca. “Gordon hizo algo impensable dentro de la Casa Blanca de Bush”, explica Hersh. “Comenzó a mostrar el informe a colegas para conseguir su apoyo e ir a presentarlo finalmente a Condoleezza Rice”. Hacer eso podía costarle el puesto de inmediato, pero Gordon estaba “asqueado” por lo que había leído. Gordon recibió una ayuda invalorable e impensada en un determinado momento: la del General Michael Dunlavey, reservista del ejército a cargo de los interrogatorios en Guantánamo. “Dunlavey no tenía ningún aprecio por los terroristas, y en una ocasión dio una conferencia en la que dijo que <
Finalmente, el memo llegó a Condoleezza Rice quien se mostró interesada en saber, sobre todo, si lo que se hacía en Guantánamo servía para algo, si se obtenía buena información de eso. Rice hizo más que preguntar: convocó a una reunión al más alto nivel, pidiéndole al Secretario de Defensa Donald Rumsfeld que asistiera. Según afirmaría luego, Condoleezza Rice no estaba en ese momento al tanto de lo que ocurría con las reformas de las leyes y con los mecanismos de interrogación del ejército y la CIA (ver Anexo). “Hagamos que esto funcione bien” dijo Rice en la reunión con Rumsfeld, quien estuvo totalmente de acuerdo. Y todos, Gordon incluido se retiraron satisfechos de que Rumsfeld se ocuparía de la cuestión.
Por supuesto, lo hizo pero no en la forma en la que Condoleezza Rice y el resto del grupo pensaban que lo haría. En los meses siguientes, relata Hersh, los preparativos para la guerra en Irak dejaron el tema completamente de lado y a pesar de que el mismo se tocó en varias reuniones de alto nivel fue sólo para hablar del valor de la información obtenida y no de las condiciones de detención. Se colocó una mordaza informativa completa, con escenas enlatadas que fueron repartidas a los medios con explicaciones engañosas: cuando la foto mostraba un prisionero transportado en camilla luego de haber permanecido en un cuarto de interrogación por catorce horas con calor de 45 grados y caído por deshidratación, los militares explicaban que convenían ese método de transporte con los mismos detenidos, para evitar malos entendidos entre ellos y los guardias en cuanto a que un tropezón podía ser interpretado como un intento de evasión.
En 2002, cuando un grupo de Senadores preocupados por las denuncias y presiones que recibían acerca de maltratos y torturas exigió visitar el campo, se retiró sin haber visto nada extraño: sólo vieron una parte del campo, el Campo Alfa, construido especialmente para esas visitas.
En marzo de 2005, The Washington Post denunció en un artículo escrito por Jeffrey Smith (26) que los memos del FBI redactados después de 2002 en los que se denunciara flaqueza en el valor de la información obtenida en Guantánamo y acerca de los abusos en los interrogatorios era reescrito por miembros del Departamento de Justicia, para evitar las críticas. El memo reescrito fue entregado luego a un grupo de defensores de los Derechos Humanos, que lo había desclasificado utilizando un recurso FOIA (Freedom of Information Act o Ley de Libertad de la Información), una especie de habeas corpus para documentos legales. El memo en cuestión contenía párrafos que el Departamento de Defensa de los EE.UU. consideraba podían causar problemas en futuros juicios militares y también cuestionaba las prácticas de interrogación llevadas a cabo por los militares. Esos párrafos fueron borrados o reelaborados citando cuestiones de “seguridad nacional”.
Finalmente, fue un grupo de JAGs (abogados militares) quienes decidieron hacer salir a la luz los malos tratos, las torturas y los abusos llevados a cabo por las fuerzas de los EE.UU. Asqueados por los informes que leían, y hartos de la falta de voluntad de Donald Rumsfeld por hacer algo para solucionar el problema, los JAG contactaron silenciosamente a Scott Horton, Director del Comité en Derechos Internacionales de la Asociación de Abogados de Nueva York. Los JAG querían que Horton y su grupo desafiaran en la Justicia a la administración Bush y a su falta de aplicación de las Convenciones de Ginebra.
En su libro Guantánamo: What the world should know (Guantánamo, lo que el mundo debería saber) (27) Michael Ratner, presidente del Center For Constitutional Rights (Centro de los Derechos Constitucionales - CCR) y Ellen Gray explican cómo fueron tomando consciencia de la gravedad de los hechos acaecidos en Guantánamo y cómo comenzaron a aproximarse al problema, hasta decidir definitivamente tomar cartas en el asunto:
“Inicialmente mis colegas y yo comenzamos a ver que éste acto [los atentados del 11-S] comenzaba a ser utilizado por la administración Bush como excusa para colocar medidas draconianas en los derechos civiles y las libertades civiles en casa y para una hegemonía y dominio extendidos en el exterior” (…) “Luego comenzaron a llegar los casos de inmigrantes detenidos en los EE.UU. Se estima que para noviembre de 2001 se habían detenido cerca de 3.000 personas sobre quienes no caía ninguna sospecha de terrorismo, sólo habían infringido las leyes de inmigración. Muchas de estas personas efectivamente desaparecieron en custodia de los agentes del gobierno y un gran número fueron deportados”.
El trabajo del CCR comenzó en ese momento, relata Ratner, con un caso de acción colectiva: ‘Turkmen vs Ashcroft’ el cual desafió esas detenciones.
“Fue entonces cuando comenzamos a armar un equipo de abogados para representar a algunos de aquellos que podrían estar presos en la base naval de Guantánamo en Cuba relata Ratner. “El primer caso vino rápidamente. Hablamos con un abogado australiano, Stephen Kenny, quien representaba al ciudadano australiano David Hicks. Kenny nos pidió que representáramos a Hicks en el pedido de habeas corpus que estaba planeando y así comenzamos nuestro primer caso.”
Los comienzos no fueron sencillos. El CCR no conseguía quien se animara a ayudarlo en su labor:
“La atmósfera en los EE.UU. en enero de 2002 era tan temerosa e intimidante que no conseguíamos a ninguna otra organización legal que quisiera unir fuerzas con nosotros. Teníamos grandes dificultades para conseguir un consejero legal en Washington que quisiera ayudarnos con el caso Hicks. Y cuando se supo que estaba representando a Hicks recibí las peores cartas que recibí jamás en mi vida. Inclusive algunos llegaron a decirme que por qué mejor no invitaba a los Talibán a vivir en mi casa con mi mujer y mis hijos.
Las reacciones por el asco y el espanto producidas por los abusos cometidos en Abu Ghraib y Guantánamo, que explicitan directamente lo que ocurre o puede estar ocurriendo en los otros centros de detención a cargo de los EE.UU., junto con las presiones y reacciones no fueron únicamente legales.
El artista colombiano Pablo Botero, por ejemplo, realizó una serie de 50 óleos en los que colocó sus tradicionales personas de figuras rollizas en situaciones y posiciones similares a las de las fotos que surgieron de Abu Ghraib y Guantánamo. El artista, acusado en ciertas ocasiones de oportunismo por haber realizado en el pasado obras con referencias a hechos y tragedias, indicó que consideraba su deber “concientizar a través de la sensibilidad del arte acerca de esta tragedia”. En declaraciones a la agencia AP, Botero se manifiestó doblemente shockeado “por el hecho de que los EE.UU. se suponen un faro moral y de compasión”, y agregó que “…de no haber sido por el cuadro de Picasso, nadie recordaría la masacre de Guernica”. (28)

Los caricaturistas de los medios de comunicación dieron una dura batalla contra las políticas de la administración Bush y denunciaron las torturas una y otra vez utilizando el poder y la síntesis de sus obras. Muchos de ellos resultaron, eventualmente premiados. El caricaturista Sack del diario The Star Tribune publicó la imagen de un John Ashcroft con puño de hierro al estilo medieval, sentado en el monumento a Lincoln pulverizando la Justicia (imagen 1 página siguiente); el caricaturista T. Langer publicó en 2004 una imagen de varios soldados leyendo una disculpa por parte del Presidente Bush a detenidos encadenados (imagen 2 página siguiente); mientras que el diario francés Le Monde dedicó varias de sus caricaturas al tema: en noviembre de 2003 mostró a un armado Presidente Bush frente al edificio de la Corte Suprema de los EE.UU. preguntando: “Que es esta cosa?”. “Es la democracia estadounidense, tiene 200 años más o menos”, le responde un juez (imagen 3 página siguiente); mientras que el 23 de agosto de 2004, al cumplirse 50 años de la liberación de Paris, el diario Le Monde mostró una imagen de los soldados nazis pidiendo a sus captores estadounidenses “Si pudieran no mandarnos a Guantánamo por favor”.




La batalla legal
Cuando las acciones legales comenzaron, lo hicieron casi simultáneamente con los primeros artículos de Seymour Hersh sobre los abusos en Abu Ghraib escritos para la revista The New Yorker (www.newyorker.com). En mayo de 2004, el escándalo de Abu Ghraib sobre los abusos a prisioneros iraquíes estalló en la prensa mundial y la Justicia de los EE.UU., que había evadido casi por completo el tema, debió finalmente tomar cartas en el asunto.
El 28 de Junio de 2004 la Corte Suprema de los EE.UU. emitió dos fallos que dieron vuelta, al menos en parte la concepción de la administración Bush con respecto a los prisioneros de guerra. Los casos en cuestión eran el No. 03-334 , “Rasul vs. Bush” y el 03-6696 “Hamdi vs Rumsfeld”, un ciudadano estadounidense detenido y designado como ‘combatiente enemigo’. Ambos eran juicios en los que los abogados de derechos humanos venían trabajando desde hacía largos meses.
“Un estado de guerra no es un cheque en blanco para un Presidente” escribió la jueza Sandra Day O’Connor en la explicación de su fallo. A partir de ese momento los detenidos en el marco de la guerra contra el terrorismo podían desafiar sus detenciones en cortes federales de los EE.UU. o delante de un “decisor neutral”. En el caso Hamdi, la opinión central, llevada también por la jueza O’Connor era que la designación de combatiente enemigo era permisible siempre que el detenido tuviera la oportunidad de presentarse ante un juez para ser juzgado según los criterios de un juicio justo.
Los jueces supremos también juzgaron que, por su estatus de “territorio sobre el que los EE.UU. ejercen jurisdicción y control”, los detenidos en Guantánamo tenían derecho a ejercer su derecho a presentarse frente a un juez federal en los EE.UU.
El fallo expresaba lo siguiente:
“La detención ejecutiva de ciudadanos subversivos, lo mismo que la detención de soldados enemigos realizada para mantenerlos alejados del campo de batalla puede a veces estar justificada para evitar que estas personas se conviertan en misiles de destrucción. Pero no puede, de todas formas, estar justificado el usar procedimientos ilegales para obtener información: la detención incomunicada es un procedimiento de estos. Si la información procurada en éste caso es más o menos confiable que la obtenida mediante la tortura no tiene relevancia. Si esta nación va a mantenerse fiel a los ideales simbolizados por su bandera, no debe entregarse a las armas de los tiranos, aún en un intento de resistir a los asaltos de las fuerzas de la tiranía mismas”. La jueza O’Connor escribió en el fallo Hamdi que “La detención indefinida para propósitos de detención no está autorizada. (…) La historia y el sentido común nos enseña que un sistema de detención indefinido y sin controles acarrea el potencial de transformarse en un método de opresión y abuso para los otros”. (29)
Parte de los fundamentos del fallo y su jurisprudencia se basan en la ley federal conocida como el Acta de No detención (Non detention Act), sancionada en 1971 que cita: “Ningún ciudadano podrá ser detenido por los EE.UU. excepto por un acto del Congreso”. Según la Corte Suprema, no ha habido ningún acto del Congreso que justifique la detención de Hamdi.
La Corte destruyó el argumento de la administración Bush de que la Corte Suprema había sentado jurisprudencia en el caso Ex Parte Quirin, que juzgo a saboteadores alemanes infiltrados durante la Segunda Guerra Mundial.
El fallo de la Corte Suprema fue saludado como un gran paso adelante en la vuelta de la política de los EE.UU. al sendero de la legalidad. El diario The New York Times tituló su editorial del día siguiente “Reafirmando el Reino de la Ley”. Por su parte, el Washington Post indicó que el fallo demostraba que “La Justicia no permitirá mayores expresiones de poder ejecutivo ilimitado. Mientras la guerra contra el terrorismo progresa, la administración deberá -por fin- someterse a una verificación y transparencia que tan asiduamente ha defendido”, mientras que el diario parisino Le Monde expresó en su editorial que “Hace falta alegrarse de la decisión de la Corte Suprema porque constituyen, más que una derrota para George Bush, una victoria para las normas de la democracia”.(30)
Sin embargo, el fallo de la Corte dejó muchos huecos jurídicos que fueron rápidamente aprovechados por la administración Bush para continuar con su política de detenciones ilegales dilatando la forma y el momento en el que un detenido podría presentarse frente a un juez para desafiar su detención y los motivos de la misma.
Unos días después de emitido el fallo, los analistas legales David B. Rivkin Jr. y Lee A. Casey desafiaron la corriente de alegría producida por el fallo de la Corte Suprema indicando que los mismos, -los dos originales de las causas Hamdi v. Rumsfeld y Rumsfeld v. Padilla y un tercero emitido días más tarde específico acerca de los prisioneros de Guantánamo- significaban, si se leían en conjunto, un importante triunfo del poder ejecutivo y sus políticas. “Lo que el fallo de la Corte Suprema hace es simplemente darle un rol a los tribunales de Justicia, pero no declara ilegal por completo las prácticas de la administración Bush”. La fundamentación del fallo hecha por la jueza O’Connor, que permitía al detenido desafiar su estatus frente a un tribunal, también permitía al gobierno utilizar para ese fin tribunales militares, en los que existe el principio de la reversión de prueba, en la que el detenido debe esforzarse más por demostrar su inocencia que la fiscalía por demostrar su culpabilidad.
La jueza O’Connor no dejó claro si las provisiones de la Convención de Ginebra sobre lo que se considera un juicio justo debían aplicar y dejo el camino abierto para que sean militares estadounidenses los que llevaran a cabo los juicios de “Artículo Quinto” previstos por la 3er Convención de Ginebra para los “casos de duda”:
“Para demostrar que un detenido es un combatiente enemigo, el gobierno sólo debe presentar “evidencia creíble” [pero no irrefutable]. Una vez que ha hecho esto, la carga de la prueba cae sobre el detenido quien debe entonces demostrar que no ha estado afiliado con Al Qaeda o los Taliban. Como todos los abogados saben, los casos se ganan y pierden por el peso de la prueba y en éste caso la Corte Suprema le ha dado al gobierno de los EE.UU. una ventaja significativa”. (31)
La respuesta del Pentágono y la Casa Blanca a la decisión de la Corte Suprema fue modificar en parte un proceso que ya había puesto en práctica, el Annual Review Program (Proceso de Revisión Anual o ARP), mediante el cual los detenidos serían sometidos a un proceso de revisión de su estatus, una vez al año. Ampliar los límites y alcances del ARP fue la oferta que hizo la Casa Blanca para enfrentarse a la decisión de la Justicia. “Queremos establecer un sistema que mantenga un equilibrio entre las preocupaciones de la Corte Suprema y la autoridad del Presidente como comandante en jefe durante un tiempo de guerra, algo que también ha sido reconocido por decisión de la Corte” indicó Scott McClellan, vocero de la Casa Blanca en una conferencia de prensa que tuvo lugar días después de conocerse el fallo.
En total, fueron instituidos tres tipos de paneles diferentes:
Los primeros, los Combatant Status Review Tribunals (Tribunales de Revisión del Estatus de Combatientes o CSRT) son paneles de tres oficiales militares cuya labor es considerar los casos de los detenidos uno a uno y determinar si su calificación como combatientes enemigos es correcta o incorrecta. Si es correcta, el detenido continúa en la prisión por tiempo indefinido. Si no lo es, puede ser liberado. Solamente 33 de los 560 detenidos que fueron sometidos al procedimiento CSRT han sido liberados. En una demostración de lo pobre de la información obtenida mediante los interrogatorios, se han contabilizado hasta ocho casos de estos hombres retornando al campo de ba1alla en Afganistán o Chechenia luego de ser liberados.
El segundo procedimiento es el del Administrative Review Borrad (Panel de Revisión Administrativa o ARB). Su objetivo es definir si el detenido constituye aún una amenaza para la seguridad de los EE.UU. o puede ser liberado. No se han dado cifras sobre estos procedimientos, pero se estima que a partir de ellos han sido liberados al menos tres personas: un anciano de cerca de 85 años apodado “Al Qaeda Claus” por los soldados; un joven con problemas neurológicos severos, diagnosticado esquizoide por un panel psiquiátrico, con especial predilección por arrojar excrementos y semen a la cara de las guardianas femeninas y a quien los guardias apodaron “Timmy” a raíz del personaje de la serie South Park con ese nombre (un niño de ocho años paralítico y con dificultades neurológicas que le impiden pronunciar otra palabra que no fuera su nombre), cosa que los soldados enseñaron a hacer al detenido para su diversión personal; y un menor, cuyo nombre no es divulgado por esa razón, apodado “Mohammed” quien había manifestado en 2004 sus deseos de casarse por poder con alguna bella joven afgana que su familia le buscaría, para “no morir solo”.
Finalmente, unos 200 casos están en proceso de ser juzgados en cortes federales, a partir de pedidos de habeas corpus y presentaciones hechas por estudios de abogados de Derechos Humanos o de asociaciones de abogados y derechos civiles.
Por muchas razones, los procedimientos de los CSRT y los ARP no satisficieron en nada a los abogados de los detenidos, ya que no cumplían con las características del debido proceso judicial: en los ARP los detenidos no tenían acceso a abogados para representarlos en la corte ni las audiencias serían públicas. Los fallos podían ser arbitrarios, ya que los tres jueces del tribunal podían determinar que el detenido sería una amenaza futura aún sin haber cometido actos de violencia o amenazas en el pasado. El panel no debía fundamentar sus decisiones y podía condenar sin necesidad de que su decisión estuviera más allá de toda duda razonable y no existe la apelación para los fallos contra los detenidos, pero sí para aquellos a favor. (32)
Los abogados de los detenidos reaccionaron rápidamente: las cortes federales comenzaron a llenarse de recursos de habeas corpus que fueron fallados favorablemente. Pero los tribunales siguieron su camino, con sólo unas pocas modificaciones. Los prisioneros recibieron un sumario de sus derechos por escrito o verbalmente y se les presentó un consejero legal que los ayudaría a presentarse ante los tribunales. Pero los detenidos no tendrían derecho a un abogado, sólo a éste consejero legal, a quien las normas de confidencialidad no impedían pasar información de los detenidos a los fiscales. Los detenidos tampoco podían saber de qué se los acusaba, aunque recibirían una explicación sumariada de parte de sus consejeros. Los jueces serían miembros activos o no activos de las fuerzas armadas, el Secretario de la Armada G. England o el Presidente Bush podían revertir un fallo de inocencia por cualquier razón que fuera, y el fallo podía ser basado en evidencia y testimonios secretos.
Los grupos de derechos humanos, los abogados de los detenidos y la prensa mundial reaccionaron. El Center for Constitucional Rights, (Centro para los Derechos Constitucionales) que representaba a 53 detenidos calificó los tribunales como “una farsa”. Amnesty International los llamó “una vergüenza” y el padre de Moazzam Begg, uno de los detenidos preguntó en una carta abierta: “¿Cómo se puede decir que un juicio es justo si el fiscal es un militar, el defensor es un militar y el juez es un militar?” (33)
Los abogados militares que debían defender a los detenidos en calidad de consejeros legales también protestaron. El Teniente Comandante de la Armada Charles Swift, actuante como defensor de un taxista acusado de ser el chofer de Osama Bin Laden indicó al New York Times: “Estos casos van directo a los tribunales federales. Los militares están improvisando, organizando todo sobre la marcha” (34). En la primera semana de juicios los defensores de los detenidos dominaron la escena. Cuestionaron la legitimidad de los tribunales, sus reglas y a los jueces. También cuestionaron la autoridad del Presidente Bush para crear los mismos y los acusaron de ser anticonstitucionales, y de violar las garantías de igualdad ante la ley, ya que los ciudadanos estadounidenses no tenían frente a los no-ciudadanos los mismos derechos.
Uno de los principales argumentos de los defensores fue también la falta de extracción legal de dos de los tres integrantes del jurado, quienes eran oficiales del ejército pero no abogados militares, mientras que el presidente del tribunal, el Coronel Brownback, ex juez retirado y único abogado del panel. Otros cuatro miembros del panel fueron recusados por los abogados defensores: el Teniente Coronel de la Fuerza Aerea Timothy Toomey y el Coronel de los Marines R. Thomas Bright por haber servido en el frente afgano como oficial de inteligencia y como supervisor de una fuerza de tareas que envió detenidos a Guantánamo. El Coronel de los Marines Jack Sparks Jr fue recusado por haber perdido a uno de sus reservistas en la catástrofe del World Trade Center cuando actuaba allí como bombero mientras que el Teniente Coronel del ejército Curt Cooper dijo en una de las audiencias que no sabía lo que eran las Convenciones de Ginebra y manifestó haberse visto profundamente afectado por una visita que hizo a la zona de Ground Zero en Nueva York antes de presentarse en el tribunal. Finalmente tres de estos últimos fueron relevados de sus cargos en el tribunal.
No fueron estas las únicas críticas que recibieron los tribunales.
El fiscal general de Gran Bretaña, Lord Goldsmith, calificó la propuesta de los juicios militares como "inaceptable" en una conferencia en Junio de 2004. Lord Goldsmith agregó: “Aunque tenemos que ser flexibles y estar preparados para permitir alguna limitación de los derechos fundamentales siempre que se justifique, hay ciertos principios que no se pueden comprometer. El juicio justo es uno de ellos y es la razón por la cuál nosotros, en Gran Bretaña, no hemos podido aceptar que los tribunales militares estadounidenses (...) ofrecen suficientes garantías de juicio justo de acuerdo con los estándares internacionales," (35)
Neal K. Katyal, abogado de uno de los detenidos y profesor de leyes en la Universidad de Georgetown indicó que “Las comisiones militares que han sido usadas en el pasado han sido habitualmente autorizadas por el Congreso o llevadas a cabo directamente en el campo de batalla. Pero aquí lo que tenemos son comisiones militares llevadas adelante por militares, diseñadas directamente por el Presidente en un tiempo de guerra no declarada, a miles de millas del campo de batalla y a casi 3 años de los ataques del
11-S”. (36)
El Asesor Especial de las Naciones Unidas para la Prevención del Genocidio, el argentino Juan Méndez indicó en julio de 2004:
“La guerra contra el terrorismo, como se le dice en Estados Unidos, presenta un contexto muy complicado para la defensa de los derechos humanos, pero no necesariamente contradictorio con respuestas a situaciones que pueden degenerar en genocidio. La reproducción de formas de violencia y la falta de investigación de violaciones cometidas en la lucha contra el terrorismo desacreditan el trabajo en derechos humanos y lo complican en temas como la detención sin juicio y la tortura.” (37)
En marzo de 2003 el abogado de la Armada de los EE.UU., Teniente Coronel Philip Sundel declaró:
“El Pentágono esperaba que nos quedáramos en la cajita legal que armaron para nosotros”. “Pero eso no iba a pasar. (…) En cuanto el proceso comenzó a funcionar, se transformó en todo aquello que ellos nunca querían que fuera. Lo más sorprendente de todas maneras es que un grupo tan pequeño de personas pudiera crear tan rápidamente un sistema legal paralelo sin muchos de los procesos del juicio justo y garantías del debido proceso que exige la ley, y encima de eso esperar que no lo cuestionáramos”, indicó. ” (38)
El 8 de noviembre de 2004, el juez de distrito de Washington James Robertson detuvo abruptamente los procesos ARP y las comisiones militares al fallar que las mismas iban en contra de las Convenciones de Ginebra a las cuales los EE.UU. debían adaptar sus actos, al ser miembros efectivos signatarios. El fallo del juez Robertson también declaraba que las comisiones militares violaban la Constitución de los EE.UU., ya que el Presidente no había recibido la autoridad del Congreso para instituirlas, y finalmente que las mismas violaban el Código de Justicia Militar (Uniform Code of Military Justice o UCMJ).
El gobierno de los Estados Unidos apeló la medida y el 16 de Julio de 2005 una Corte Federal de Apelaciones del Distrito de Columbia determinó que el fallo Robertson era equivocado, permitiendo que las comisiones siguieran adelante.
El panel de tres jueces, encontró que, por el contrario, las Convenciones de Ginebra no daban a los detenidos “derechos legales” que pudieran ser infringidos y reclamados en una corte en los EE.UU., que el Presidente tenía la suficiente autoridad dada por el Congreso para llevar adelante los tribunales en el marco de la guerra contra el terrorismo al autorizarlo a utilizar “todos los medios necesarios” para llevar adelante la misma.
Los tres jueces de la corte de apelaciones, nota el diario The New York Times, fueron nominados por presidentes republicanos: el juez A. Raymond Randolph fue nominado por George Bush padre, el juez John Roberts fue nominado por George Bush hijo y el juez Stepehn F. Williams por Ronald Reagan.
Los enclaves alégales como Guantánamo u otros centros de detención como Abu Ghraib o la base naval Diego García, fueron ampliamente descriptos por autores y teóricos de diferentes extracciones y orígenes.
Uno de los estudios que lideró el análisis crítico de estos espacios fue realizado en julio de 2004, por el Instituto Alemán de Derechos Humanos (DIFM, por sus siglas en alemán). El estudio, titulado Lucha contra el terrorismo internacional y derechos humanos 2003/2004, da cuenta de las diferentes etapas de la formación de estos enclaves ilegales y ubica su origen en "una serie de medidas adoptadas en la lucha contra el terrorismo socavan" los derechos básicos y criticó especialmente la situación de los prisioneros en Guantánamo.
En estos lugares, explica el DIFM, “se han dejado sin vigencia los controles jurídicos del proceder del Estado". Según el informe, esto ocurre a partir de una evidente tendencia a reducir el combate antiterrorista a su aspecto militar y policial, sin poner atención a las causas estructurales del fenómeno.
Las políticas de los “Estados Modélicos" como Gran Bretaña y los EE.UU. y particularmente éste último, socavan los esfuerzos de los últimos 50 años de hacer crecer y desarrollar los derechos humanos a nivel internacional, y desafían la noción elemental de que los derechos humanos son universales, inalienables y elementales. Los estados excepcionales y los emplazamientos y enclaves ilegales crean lo que el informe denomina, una serie de “mundos paralelos sin ley”, en los cuales la legalidad no sólo es negada sino que la noción de su existencia misma es excluida.
Guantánamo representa, para el DIFM, el enclave paradigmático de un “mundo paralelo sin ley”, a raíz de la suma de violaciones que allí se contabilizan: detenciones indefinidas; privación de derechos; maltratos, abusos y torturas y ocultamiento del detenido y los métodos de detención al escrutinio externo e independiente. (39)
Consultado por email el IMDF para este trabajo, responde la Dra. Elfriede Schönn, asistente del Dr. Wolfgang Heinz, uno de los autores del informe, quien explica con más detalle:
“Los derechos civiles y políticos, al igual que el derecho internacional humanitario, están siendo pasados a llevar en aras de la lucha internacional contra el terrorismo. Nuestro estudio analiza la situación que se desencadenó tras los atentados del 11 de Septiembre del 2001. Se constata una tendencia a reducir el combate antiterrorista a su aspecto militar y policial, sin poner atención a las causas estructurales del fenómeno.
En concreto, el documento del Instituto denuncia lo que se denomina el surgimiento de "verdaderos mundos paralelos sin vigencia de la ley" en lugares como Guantánamo, donde las fuerzas estadounidenses mantienen recluidos a miles de presuntos miembros de la red Al Qaeda y combatientes talibanes, capturados en Afganistán. También la isla Diego García se menciona en el mismo contexto en el informe. Según él, se mantiene a los prisioneros en bases militares, para sustraerlos a un proceso judicial justo y
No son los EE.UU. los único saludidos, sino que medidas similares se adoptaron también en China, Malasia, Egipto, Nepal, Israel, Singapur y los Emiratos Arabes Unidos.
Por otra parte, destacamos que los autores del informe denuncian métodos que corresponden a los intersticios legales, como el dar muerte selectivamente en el extranjero a sospechosos de terrorismo y las deportaciones ilegales de prisioneros "a países con una larga tradición de prácticas de tortura". Al margen de lo anterior, llaman la atención sobre casos como los ocurridos en Afganistán, donde civiles han resultado muertos o heridos, sin que se investigara lo que sucedió.
El Instituto no está interesado en denunciar únicamente, sino que demanda, a los gobiernos de los citados países uan serie de pasos y acciones que incluyan:
una vigilancia sistemática e independiente del respeto de los derechos humanos, en el marco de la lucha contra el terrorismo.
reforzar los recursos del Alto Comisariado de Derechos Humanos de la ONU y de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas.
asignar un papel importante a las tropas de paz, y por consiguiente a los soldados alemanes, en la cautela de dichos derechos fundamentales en los lugares en que están de servicio.
“Nunca olvidaré lo que me dijo un embajador en una reunión: <<¿Acaso no lo ve, Comisionada?, los estándares han cambiado>>”, recordó en una conferencia en Londres y en un artículo posterior en la revista The American Prospect Mary Robinson, ex Presidente de Irlanda y ex Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos: (40)
“Los EE.UU. jugaron un papel crítico en la construcción de los derechos humanos en el mundo, empezando en 1948 con la Declaración Universal de los Derechos del Hombre”, (…) “Pero al descender su nivel de respeto por los derechos humanos, los EE.UU. han, muchas veces, dado a otros gobiernos la excusa ideal para tomar medidas que van en contra de sus compromisos internacionales con los derechos humanos. (…) La reticencia de los EE.UU. de abrazar el sistema internacional de los derechos humanos, por el que luchó tanto, han debilitado los esfuerzos de utilizar estas herramientas para promover la democracia y la justicia en el mundo entero”.
El relator especial para las Naciones Unidas para los derechos humanos e integrante de la comisión examinadora para el caso Guantánamo de ese organismo internacional, Dr. Leandro Despouy respondió durante una entrevista en la radio Mitre (AM 790) de Bs. As. a dos preguntas formuladas por email para la realización del presente trabajo.
Al respecto de cuales eran las razones por las cuales creía que los EE.UU. continuaba desafiando los llamados internacionales para el cierre de la base, el Dr. Despouy respondió que había “una actitud impune de parte de los EE.UU. y de su gobierno, que ponía objetivos de corto plazo, como por ejemplo obtener inteligencia rápidamente a costa de objetivos de mas largo plazo, como obtener credibilidad internacional para su guerra contra el terrorismo o protección para sus tropas a partir del respeto a los Derechos Humanos”.
Al respecto de si creía que los funcionarios de la administración Bush podían ser enjuiciados por crímenes de guerra tras la finalización de su mandato, el Dr. Despouy respondió que “legalmente era factible al menos realizar una acusación, pero que lo creía difícil, a partir de que difícilmente los EE.UU. entregarían a los funcionarios de alto rango a las cortes internacionales y menos aún no habiendo los EE.UU. ratificado el Estatuto de la Corte Penal Internacional de Roma”.
En favor de los detenidos: ONGs y el Comité Internacional de la Cruz Roja.
Todos estos avances legales no fueron casuales ni precisamente sencillos. Diversos grupos de derechos humanos trabajaron durante meses, habitualmente en forma pro bono, armando una estrategia legal para socavar mediante la justicia los mecanismos creados por la administración Bush.
Las tareas fueron realizadas desde diversos ámbitos, ángulos y grupos. Algunos movimientos fueron específicamente de presión mediante el uso de protestas públicas: la American Civil Liberties Union (Unión Americana para las Libertades Civiles - ACLU) organizó mediante sus socios diversas campañas de presión a legisladores de los EE.UU. para lograr que estos actuaran sobre el gobierno y lo obligaran a abrir los campos al escrutinio público. Así logró que su Director, Anthony D. Romero pudiera estar entre los líderes de defensa de los derechos humanos que presenciaron los primeros juicios militares contra los detenidos.
Amnesty International, por su parte, tanto en su capítulo nacional de los EE.UU. como en su organización internacional, efectuó varios pedidos de envío de cartas y llamados a los miembros de su red de acción directa. El objetivo de estos llamamientos a la acción era generar conciencia en el gobierno de los EE.UU. acerca de la preocupación que el tema generaba en el público mundial.
Además de estas acciones, varios organismos de defensa de los derechos humanos elaboraron sendos informes destinados a denunciar y concientizar sobre las condiciones de las detenciones y las acciones fuera de la ley internacional de la guerra contra el terrorismo. Entre ellos se destacan algunos de alto poder investigativo, muchos de ellos utilizados en la elaboración de éste trabajo.
En 2004, Amnesty Internacional publicó su informe anual titulado Human dignity denied - Torture and accountability in the 'War on terror' (La dignidad humana negada – Tortura y responsabilidad en la guerra contra el terrorismo) en el que se señalaba un programa de 12 puntos recomendados al gobierno de los EE.UU. para poner fin al proceso iniciado en 2002.
El mismo año, el capítulo para los EE.UU. de esa organización publicó su propio informe sobre la guerra contra el terrorismo, de donde comenzaron a salir algunos de los más escalofriantes relatos de detenidos contando el maltrato y desprecio de los guardias. Entre ellos se describen los apodos dados a los detenidos por los guardias, entre los que se destacan “The Gollum”, dado a un prisionero con deficiencias neurológicas a quien habían enseñado a repetir el nombre usando la expresión de la película “El Señor de los Anillos” dirigida por Peter Jackson en 2002. También estaba “La Garra”, apodo que habían puesto a un hombre quien tenía su mano derecha deformada por una explosión y a quien habían negado atención medica, así como “Timmy”, de quien ya hemos hablado en este capítulo.
En junio de 2004 Human Rights First publicó su informe sobre la guerra contra el terrorismo titulado Ending Secret Detentions (Terminando con las Detenciones Secretas) en el que dio a la luz las primeras historias de personas detenidas en forma ilegal y trasladadas mediante el método de las “Extraordinaria Renditions” a países donde fueron torturadas.
En septiembre de 2004, la misma organización publicó un nuevo informa mucho más abarcativo titulado Getting to Ground Truth - Investigating U.S. Abuses in the War on Terror (Alcanzando la verdad – Investigando los abusos de los EE.UU. en la guerra contra el terrorismo). En este documento la organización solicitaba al gobierno de los EE.UU. que creara una comisión independiente para investigar los abusos cometidos por los militares de los EE.UU. Esta idea fue luego tomando fuerza en varios ámbitos habida cuenta la poca efectividad, y en algunos casos credibilidad de los paneles de investigación creados por el propio Departamento de Defensa de los EE.UU. entre los que se encontraban el Panel Schlesinger, el Panel Taguba, el Panel Schmidt, el Panel Church, y el Panel Fay-Jones.
En octubre de 2004, Human Rights Watch publicó su informe The United States’ Disappeared - The CIA’s Long-Term Ghost Detainees (Los desaparecidos de los EE.UU. – los detenidos en forma indefinida de la CIA) en el que denunció formalmente las desapariciones forzadas de los EE.UU. y también realizaba una serie de recomendaciones al gobierno de los EE.UU. entre las que se encontraban anunciar públicamente su oposición a las detenciones ilegales, establecer una política para responsabilizar judicialmente a aquellos responsables de los regimenes de detención forzada, ilegal, indefinida o abusiva y “blanquear” a todos los detenidos apresados y retenidos en el marco de la guerra contra el terrorismo.
En mayo de 2005 esta misma organización publicó su informe Black Hole: The Fate of Islamists Rendered to Egypt (El Agujero Negro: El destino de los islamistas enviados a Egipto) en el que describía la formación y llevado a cabo de los procesos de rendiciones extraordinarias por los EE.UU. a Egipto.
El 26 de julio de 2004, el Center for Constitucional Rights (Centro de Derechos Constitucionales), en consonancia con la demanda presentada por un estudio de abogados londinense, publicó el documento Detention in Afghanistan and Guantanamo Bay (Detención en Afganistán y Guantanamo Bay) en el que hizo públicas las declaraciones testimoniales de tres detenidos: Shafiq Rasul, Asif Iqbal and Rhuhel Ahmed. Los relatos son ahora parte de la causa judicial que los firmantes llevan adelante contra el gobierno de los EE.UU. y han sido la base para el relato del prisionero paradigma, “PP” presentado en este capítulo.
En abril de 2005, Human Rights Watch también publicó un informe titulado Still at Risk: Diplomatic Assurances No Safeguard Against Torture (Todavía en Riesgo: garantías Diplomáticas no son un Resguardo Contra la Tortura) en el que volvió a denunciar, con un recuento minucioso de casos y ejemplos, las violaciones a las leyes y tratados internacionales ocurridos durante la guerra contra el terrorismo, en países como los EE.UU., Reino Unido, Turquía, Holanda y Suecia.
Finalmente, el 13 de mayo de 2005, Amnesty Internacional tituló una parte de su informe anual con un titular que, a decir de algunos miembros de la organización nunca pensaron que terminarían poniendo: UNITED STATES OF AMERICA - Guantánamo and beyond: The continuing pursuit of unchecked executive power (Estados Unidos de América – Guantánamo y más allá: la continua búsqueda de poder ejecutivo inescrutable). Entre sus dichos más destacables se encontraba la siguiente afirmación:
“la administración ya no se considera obligada por las prohibiciones internacionales contra la tortura, o contra el envío de personas a países donde puedan ser torturados o sometidos a tratamientos crueles e inhumanos”. (…) “No es sorprendente que, al haber sido las cortes de justicia mantenidas fuera del proceso de revisión por más de tres años, hay suficiente evidencia de que estos abusos han ocurrido a manos de las autoridades de los EE.UU. en el marco de la “guerra contra el terrorismo”. De hecho, Amnesty Internacional cree que los abusos han sido el resultado de políticas oficiales y están ligados a las decisiones ejecutivas de dejar a los prisioneros detenidos sin protecciones no sólo judiciales sino sin la protección de la prohibición de la tortura y otros tratos crueles, inhumanos o degradantes, que atan a los EE.UU. La administración de los EE.UU. ya no se cree obligada legalmente por las Convenciones de Ginebra en relación a los detenidos en Guantánamo, Afganistán y en locaciones secretas, o atada por el derecho consuetudinario internacional, o por los tratados internacionales de prohibición de la tortura y otros tratos crueles, inhumanos o degradantes para el caso de extranjeros detenidos por los EE.UU. en territorio extranjero. Tampoco el gobierno de los EE.UU. ha expresamente abandonado la noción de que el Presidente puede, en caso de guerra, ignorar las obligaciones legales y ordenar la tortura de individuos, o la noción de que los torturadores están exentos de responsabilidad criminal al alegar necesidad extrema, fuerza mayor o legítima defensa”.
El informe finalizaba con una conclusión muy clara acerca de la significación del campo de detenidos de Guantánamo en el marco de la guerra contra el terrorismo:
“El Campo de Detención de Guantánamo Bay se ha convertido en el símbolo de la negativa de la administración Bush de colocar los Derechos Humanos y el imperio de la ley en el corazón de su respuesta a las atrocidades cometidas el 11 de septiembre de 2001, se ha convertido en sinónimo de la persecución de parte del Poder Ejecutivo de los EE.UU. de un poder no balanceado y se ha asociado completamente con la negación sistemática de la dignidad humana y el recurso de tratos crueles, inhumanos o degradantes que han caracterizado las detenciones e interrogaciones por parte de los EE.UU. en el marco de la guerra contra el terrorismo.”
La “amenaza terrorista”, los atentados del 11 de septiembre de 2001 y la guerra contra el terrorismo fueron mencionados una y otra vez por el Presidente Bush como justificativo de cualquier objetivo que pareciera interesarle. Nunca sus menciones fueron tan fuertes como durante la campaña de preparación para la invasión ilegal a Irak en marzo de 2003 y durante la campaña para las elecciones de noviembre de 2004.
Pero en ningún momento, ni aún en los momentos de mayor oposición a esas acciones, el Presidente Bush salió a contradecir o a comentar sobre las palabras y actos de sus detractores.
El informe Amnesty Internacional 2005 fue la excepción. El Presidente Bush se refirió al informe Amnesty 2005 en términos típicamente crudos y despectivos. “He leído el informe de Amnesty y es absurdo, son alegaciones absurdas”, replicó. “Los EE.UU. son un país que se dedican a llevar la libertad a todo el mundo” indicó en una conferencia de prensa en el Rose Garden de la Casa Blanca. “Esas declaraciones son hechas por personas que odian a los EE.UU. y que en algún punto han sido organizadas para no decir la verdad y confundir”, añadió a modo de conclusión. (41)
Lo hizo con el mismo estilo en que dijo “Hay un póster en el viejo oeste que dice <
El cowboy en acción
No fue sorprendente, de todas maneras, el estilo abrupto y despectivo del Presidente Bush. En el capítulo seis de su controvertido (y boicoteado) libro ¿Por qué el mundo odia a los EE.UU.? (43), los investigadores Ziauddin Sardar y Merryl Win Davyes ofrecieron una explicación al comportamiento verbal, gestual y actitudinal del Presidente estadounidense.
El título del capítulo 6 es precisamente El Peso del Héroe Americano. Según los autores, es la fuerza emotiva que se demuestra en las películas de cowboys la que muestra exactamente como se ven los EE.UU. hacia adentro y como son percibidos por el mundo exterior. Explican los autores:
“En la historia de los EE.UU., tanto la mítica como la real, la violencia individual y comunal crearon al Estado. Al ser incapaz de garantizar la justicia y la seguridad, el Estado siguió estimulando la violencia individual y de grupo para que se asegurara la integridad de las personas; de ese modo esas pudieron hacer del Estado una realidad. El <
La iconografía del héroe social en los EE.UU., sobre todo al enfrentar crisis o amenazas, es, en consecuencia a este origen, el cowboy, el héroe violento e intachable:
“En las películas el héroe -lo que él reivindica y salva- es lo único que produce una identificación poderosa, mientras que nadie llora a los vencidos, no requieren resonancia de pesar, pues, como agentes del mal, tienen por definición menos valor humano”.
El héroe del Oeste, este personaje intachable moralmente, que defiende lo bueno enteramente bueno de lo malo enteramente malo, es bondadoso y puro con los suyos, pero impiadoso, incansable y salvajemente violento con los otros, con la alteridad hostil, amenazante, bárbara y destructora, que se interpone a su proyecto puro y civilizador. El héroe del Oeste encarna todas las virtudes y certezas de tal proyecto al lado del conjunto de ambigüedades y culpas sublimadas que dicho proyecto implica. Soluciona también la dualidad de la violencia, una parte esencial de la respuesta heroica al desafió de lo salvaje. No hay narrativa del Oeste sin un héroe y éste siempre tiene un rifle en la mano, explican los autores.
Así, citan la frase de John Wayne en La Diligencia: <
No es casual, según los autores, que los relatos de torturas, abusos y violencia extrema caigan con tanta naturalidad a bastos sectores de la opinión pública de los EE.UU. La historia norteamericana es, en muchos sentidos, una narrativa de guerra. Se han exteriorizado los lemas y la retórica de su guerra de fronteras interior, como un modo de comprender y dar forma al mundo.
Las convenciones del Oeste cinematográfico se interpretan con facilidad en todos los géneros de acción, incluso en las películas de guerra. Y citan para explicar el punto al autor David Sterrit, critico de cine del Christian Science Monitor a preguntarse:
“¿Podría la antigua costumbre de Hollywood de extraer un valor de entretenimiento de la violencia y la destrucción, haber contribuido a formar la reacción inmediata de EE.UU. a los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, y también influido en la idea de cómo debía el país responder a sus enemigos? La respuesta es sí.”
Los mitos estadounidenses, concluyen los autores, los mitos del héroe indómito, intachable y violento, junto con el mito del salvaje Oeste a conquistar por las armas antes de que amenace la civilización son en buena parte, causa de que las reacciones del Presidente Bush y las políticas de su administración en la guerra contra el terrorismo sean aceptadas e incluso esperadas.
La violencia y la tortura percibida como entretenimiento fue también tema de análisis para una espantada Susan Sontag quien escribió, tras la aparición de las fotografías de torturas por parte de soldados estadounidenses en Irak en la revista del New York Times un artículo que titulado Ante la tortura de los demás, parafraseando su libro Ante el dolor de los demás (Ed. Santillana, 2005):
“Las fotografías somos nosotros. Es decir, son representativas de la corrupción fundamental de las políticas de la administración Bush” (…) “El horror que muestran las fotografías no puede ser separado del horror que produce saber que las fotografías fueron tomadas -- con los perpetradores posando, saludando, sonriendo sobre sus cautivos indefensos. Los nazis en la Segunda Guerra Mundial documentaron muy bien sus atrocidades, pero las fotos con los ejecutores posando frente a los ejecutados son extremadamente difíciles de encontrar”.
Sin embargo, posar con sus víctimas parece ser una costumbre en los actos de violencia estadounidenses, aseveración para la cual la autora cita las históricas y casi únicas fotografías tomadas entre 1880 y 1930 de los linchamientos de negros:
“Estas fotos, como las de los soldados, fueron tomadas para coleccionarlas, para colocarlas en un álbum, para ser mostradas”.
“Las fotos de torturas están diseñadas para atraer, excitar, producir placer en el espectador” (…) “en el carácter profundamente sexual de las imágenes, donde los prisioneros deben posar desnudos, masturbarse, simular sexo oral, o donde una mujer arrastra a un prisionero desnudo con una correa al cuello, una clara imagen de dominatrix” (…)“Los estadounidenses torturan cuando se les dice que lo hagan, o cuando creen que aquellos sobre los que tienen poder absoluto merecen ser humillados y atormentados”.
Lo merecen, seguramente, y la acción es digna de ser fotografiada, atesorada como un recuerdo y exhibida como un trofeo porque los detenidos, se ha dicho desde las altas cumbres del poder son “agentes del mal” y, al negársele los máselementales derechos concedidos a los humanos, son o menos que humanos.
Sin embargo, la brutalidad de los métodos aplicados por la administración Bush tiene raíces más primitivas, que retraen sus políticas a los comportamientos anteriores al S XVIII y a la Ilustración occidental.
Según Michel Foucault, quien ha estudiado las formas de castigo previas y posteriores a la Ilustración en su libro Vigilar y Castigar (44):
“…el castigo en la medida en que debe hacer que se manifieste a los ojos de cada cual el crimen en toda su severidad, debe asumir esta misma atrocidad, debe sacarla a la luz por medio de las confesiones, de los discursos, de los carteles que la hacen pública, debe reproducirla en todas las ceremonias que la aplican al cuerpo del culpable bajo la forma de la humillación y del sufrimiento.”
El sólo hecho de estar detenido hace al prisionero culpable, al menos de haber sido detenido, y por ello pasible de violencias inauditas en otros casos para sus propios captores:
“La atrocidad es esa parte del crimen que el castigo vuelve suplicio para hacer que se manifieste a la luz del día: figura inherente al mecanismo que produce, en el corazón del propio castigo, la verdad invisible del crimen. El suplicio forma parte del procedimiento que establece la realidad de lo que se castiga.”
El comportamiento violento de la administración y del Presidente Bush, tiene, según la teoría de Foucault, sus raíces en los comportamientos de los reyes previos a la Ilustración, cuya palabra era la ley, cuya persona era el país entero y cuya acción siempre era correcta.
“Pero hay más: la atrocidad de un crimen es también la violencia del reto lanzado por el soberano, es lo que va a provocar de su parte una réplica que desempeña la función de sobrepujar esa atrocidad, de dominarla, de triunfar sobre ella por un exceso que la anula. La atrocidad propia del suplicio desempeña pues, un doble papel: principio de comunicación del crimen con la pena, es, de otra parte, la exasperación del castigo con relación al crimen. Asegura al mismo tiempo la manifestación de la verdad y la del poder; es el ritual de la investigación que termina y la ceremonia por la que triunfa el soberano. Une a los dos el cuerpo del reo.”
Todo esto comienza a cambiar, explica Foucault, trescientos años atrás, en el S XIX, con la aparición de las modernas formas de castigo:
“La práctica punitiva del S. XIX tratará de poner la mayor distancia entre la búsqueda “serena” de la verdad y la violencia que no se puede borrar por completo del castigo. (…) entre la verdad y el castigo no deberá haber ya sino una relación de consecuencia legítima (…) que el poder que castiga no se manche ya por un crimen mayor que aquel que ha querido castigar”
Previo a este cambio producido por la Ilustración, concluye Foucault, la falta y el castigo se unían en brutalidad y violencia. No era esto un efecto casual:
“…el efecto de los ritos punitivos de una determinada mecánica del poder: de un poder que no sólo no disimula que se ejerce directamente sobre los otros cuerpos sino que se refuerza y se exalta en sus manifestaciones físicas; de un poder que se afirma como poder armado y cuyas funciones de orden, en todo caso, no están enteramente separadas de las funciones de guerra; de un poder que se vale de las reglas y las obligaciones como de vínculos personales cuya ruptura constituye una ofensa y pide una venganza; de un poder para el cual la desobediencia es un acto de hostilidad, un comienzo de sublevación, que no es en su principio muy diferente; de un poder que no tiene que demostrar por qué aplica sus leyes, son quienes son sus enemigos y qué desencadenamiento de fuerza los amenaza; de un poder que, a falta de vigilancia ininterrumpida, busca la renovación de su efecto en la resonancia de sus manifestaciones singulares, de un poder que cobra nuevo vigor al hacer que se manifieste ritualmente su realidad de sobreponer.”
En su libro “La filosofía de Michel Foucault”, la Lic. Esther Díaz explica con detalle la relación del discurso con la arquitectura del poder. Esto nos sirve para darnos elementos para comprender, en cierta medida, como y por qué muchos medios de comunicación han contribuido a construir también esta lógica del poder absoluto y la noción de la corrección en el castigo inflingido a los sospechosos detenidos en Guantánamo.
Al respecto, indica Díaz:
“No hay discurso sin poder. No hay discurso sin deseo. El discurso es el lugar del deseo. Pero en el deseo existe ambigüedad. Es deseo de hablar y deseo, a veces, de no ser uno quien tenga que romper el silencio. Existe una contrapartida para tal temor: ahí está la “institución” para censurarnos, pero también para tranquilizarnos. Cada institución nos tranquiliza haciéndonos saber que nuestro discurso está en el orden de la legalidad, de las reglas, de las normas que la rigen. La institución “contiene” mi discurso mientras fija los límites del mismo, me asimila a su “orden”. La institución me coacciona y me constriñe marcándome el rumbo que puede seguir mi discurso y señalando los riesgos que acechan más allá de los peligros, le pone límites al deseo. Cada institución tiene tácitamente delimitado lo que se puede y no se puede hacer.
En toda sociedad, la producción de la palabra está controlada, seleccionada y distribuida por ciertos procedimientos. La función de esos procedimientos es evitar peligros, conjurar poderes y manejar lo azaroso y esquivar la materialidad del discurso. Esta función es cumplida por varios procedimientos. Foucault llama “de exclusión” a estos procedimientos, porque son los encargados de desechar aquellas palabras que pueden tornar peligroso el poder del discurso.” (45)
Idus de marzo
Santa Eugenia es un tren de cercanías
Que descarrila entre las dos Españas
Sangre en El Pozo, luto en las legañas
De la Virgen de Atocha, madre mía,
Qué espanto, Leganés, que uñas en celo
Qué pronto madrugó la madrugada,
Qué tripas corazón, qué desconsuelo
Qué pesadilla, qué tanto por nada.
Pongamos que hablo de un Madrid herido,
Póstumo, cojo, mártir, desabrido,
Samur de mica, feldespato y cuarzo,
Móvil afónico, cristales rotos,
Luego llegó la gente con sus votos
A tomar por asalto el tren de marzo.
Joaquín Sabina

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